La mala educación (Pedro Almodóvar, 2004)

Afirmaba el desaparecido y añorado crítico Ángel Fernández Santos en su reseña del diario El País (19/03/2004) que “un indicio de que el ingenio de un cineasta de talento fértil roza la edad de la madurez, presiona desde dentro de sus límites y los ensancha hacia la plenitud está en que cada nueva obra que hace vuelve a recorrer (probablemente sin proponérselo o proponiéndose lo contrario) caminos formales abiertos en la anterior, de manera que los alarga más allá de sí mismos, en busca de territorios inexplorados. Es lo que ocurre en La mala educación”. Efectivamente, la que hasta la fecha es la mejor película del genial autor manchego supone la radicalización estilística y narrativa de lo que hizo en “Hable con ella”, llegando a la proeza, al puro y más temerario malabarismo con todos los elementos de su historia, mezclando tiempos, ficcionalizando la realidad de sus personajes (como muestra ese guión de “La visita” que cobra vida) y ofreciéndonos una obra donde la pasión, lejos de ser emocional y carnal como en su más directo referente (“La ley del deseo”), tiene un halo demoníaco, perverso, malsano.

Ello hace de “La mala educación” la película más negra y desapasionadamente fría de Almodóvar (de ahí la ausencia del habitual humor que solía salpicar a sus obras inmediatamente anteriores), porque aunque él quiso desviar la atención en algunas de las declaraciones que hizo sobre ella, está claro que está llena de detalles biográficos, autorreferencias y también -¿por qué no decirlo?- de merecidos y nunca complacientes autohomenajes (véase el emocionante rótulo final que nos advierte que “Enrique continúa rodando películas con la misma PASIÓN”, palabra esta última que inunda la imagen, que resume la razón de ser del cine almodovariano y que, por supuesto, es toda una declaración de intenciones): “La película es autobiográfica, pero en un sentido más hondo: yo estoy detrás de los personajes, pero no cuento mi vida” (Pedro Almodóvar).

Todos los personajes de “La mala educación” resultan, a priori, antipáticos (lo cual es un riesgo valientemente asumido por el director -y felizmente superado-, al igual que el reverso tenebroso de la pasión que nos ofrece), marcados por unas vivencias que conforman una malévola tela de araña que todos han tejido, que compartirán y de la que no podrán escapar, pues cada uno de sus actos condicionan y afectan a los de los demás: Ignacio sufre los abusos del padre Manolo en su infancia, quien a su vez será chantajeado por aquél años después para mejorar su aspecto y que quedará fascinado por el hermano de Ignacio, Juan, que ambiciona ser actor, se presta al juego de Manolo y acuerdan entre ambos la muerte de Ignacio, quien escribe relatos, siendo el autobiográfico de “La visita” el que servirá para reencontrarse con Enrique, su compañero de colegio al que amaba siendo niño, convertido ahora en un director de cine underground al que su fantasma volverá a inspirar en plena crisis creativa y quien, como demiurgo, conocerá y destapará parte de los secretos pasados y seguirá encubriendo en adelante -como todos los implicados- la trastienda de muchos de ellos. Pasiones fatales, enrevesadas, demoníacas que extiende ese ángel exterminador que es Juan pero auspiciadas, en realidad, por uno de los personajes más patéticos, amargos y cautivadores de todo el cine almodovariano: el Ignacio adulto, quien con su pasado y su presencia espectral en el presente es el auténtico motor de los hechos en los que todos se ven envueltos y de las consecuencias de su futuro.

La complejidad argumental, teñida de excesos y de arriesgadísimos funambulismos, tiene su eco en la magistral dirección de Pedro Almodóvar, que con una puesta en escena abigarrada, manierista, logra hilvanar sin fisuras los tres tiempos, las tres historias, hasta hacerlas confluir en una perfecta unidad, una unidad que también se extiende a la mezcla de melodrama y cine negro que en ella se dan cita, dos géneros que se llaman, que se invocan a gritos, que se necesitan y que aquí se fusionan a la perfección, con la misma frialdad implacable  (como “la pasión cerebral, de pasadizos oscuros”) de que hace gala una película de hombres (y también de mujeres) fatales.

En resumidas cuentas, “La mala educacion” es la obra más sincera, negra, personal, madura y arriesgada de Pedro Almodóvar, una película imprescindible en su carrera, la más sentida, la más desnuda, la más absorbente, la más cerebral y, quizás, la más desquiciada: una piedra angular que compila y resume todo lo que de sí dio hasta ese momento su filmografía, que no agota sus presupuestos sino que los vivifica y redefine (ahí está la serena calidez de “Volver”, su personal estudio sobre las esencias del melodrama en “Los abrazos rotos” o su brillante y estilizado acercamiento al género de terror tintado por el drama en “La piel que habito”).

Sería imperdonable finalizar esta crónica sin mencionar obviedades como la extraordinaria y camaleónica composición de Gael García Bernal, tanto en su papel de Zahara (lleno de connotaciones, de miradas, de elaborados gestos femeninos) como el real de Juan y los fingidos de Ignacio y Andrés; la mirada insegura y perdida del Ignacio niño; los apuntes de la época en que transcurre el rodaje de “La visita” -1980- y del poder fascinante del cinematógrafo (Ignacio y Enrique niños en un cine, masturbándose fascinados por la Sara Montiel de “Esa mujer”), los impresionantes acordes hitchcockianos de la excepcional banda sonora de Alberto Iglesias; y, en general, todos los elementos que hacen de “La mala educación” la experiencia más intensa en la obra de Pedro Almodóvar, una experiencia que, a modo de salvaje remolino, acaba arrastrándonos hasta los más turbios y dañinos interiores de la PASIÓN.

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