La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011)

La piel del horror

A la hora de analizar una película de la envergadura de “La piel que habito”, se han citado algunas obras y directores que han servido como fuente de inspiración y referencia a Pedro Almodóvar. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido relacionarla con “En un año con trece lunas” de R. W. Fassbinder. Ambas comparten una suerte de tragedia del cuerpo.

En la obra maestra del cineasta alemán, un carnicero decidía dejar a su familia y cambiar voluntariamente de sexo movido por amor a otro hombre, experimentando un proceso de transformación física y de identidad sexual doloroso y finalmente frustrante hasta deparar en el suicidio. En el caso de la película de Almodóvar, un cirujano rapta al supuesto violador de su hija para convertirlo en una mujer hecha a imagen y semejanza de su esposa fallecida. La tragedia del cuerpo en la película de Almodóvar se convierte en auténtico horror desde el momento en que esta conversión, este terrible acto de despojar a un muchacho de su sexo, de su identidad de género, ha sido totalmente involuntaria puesto que el único móvil es el de la venganza fría y psicópata de un doctor enajenado. Su cuerpo, la piel que recubre su carne, sirve primero como experimento, luego como juguete voyeur y finalmente como objeto de posesión para resucitar una pasión abrasada, imposible. En un momento de la película, Vicente devenido a Vera pregunta al cirujano si esta criatura que no ha elegido ser ya está terminada… y es en ese instante de resignación cuando el espectador es consciente de lo terrible de su tragedia corporal. Pero hay un momento, esta vez visual, que resulta aún más revelador y brutal: aquel en que los penes sintéticos de distinto grosor que ha de utilizar Vera como parte del tratamiento de su vaginoplastia actúan como barrotes de una verja que encarcela su rostro, prisionera definitivamente y sin remisión de un nuevo sexo y de una nueva identidad que no ha elegido.

No hay vuelta atrás. La piel que habita el cuerpo de Vicente/Vera -como la que habitaba la de Erwin/Elvira en “Trece lunas”- es ajena al mismo, producto de una identidad forzada frente a una identidad deseada. Resulta del todo lógico, por tanto, que Pedro Almodóvar afirmara desde el momento en que decidió embarcarse en este proyecto que la suya iba a ser una historia de horror sin sangre, sin sobresaltos, porque el terror subyace de la espantosa esencia de la venganza.

La piel del melodrama

Pero “La piel que habito” es también un poema arrebatado hecho melodrama, género que asimila como ninguno y sin complejo a otros: sin abandonarlo nunca, sus estrofas se adentran unas veces en senderos propios del terror desnudo colindante con la ciencia-ficción; de pronto giran en la rotonda del thriller; más adelante se toman un respiro y deciden repostar para abastecerse de las pequeñas dosis del inconfundible humor almodovariano, y finalmente se desbocan por las sinuosas curvas que la hacen desembocar de lleno en el melodrama en estado puro: el secuestro de un joven, su tortura y posterior transformación en una mujer por parte de un psicópata; compañeros de profesión con sospechas fundadas; persecuciones nocturnas; pistolas amenazantes dispuestas en cualquier momento a saldar cuentas; un ser primario disfrazado de tigre dispuesto a desfogar su irracional animalidad; la turbia ama de llaves que guarda secretos convertida en colaboradora y protectora necesaria; la pasión que destapa el lado oscuro del ser humano; los aullidos de locura de una hija marcada desde su infancia; la fragilidad de la piel de una criatura mutada en contra de su voluntad capaz de atentar contra sí misma pero también de sacar fuerzas e imponerse a una situación límite.

“La piel que habito” o melodrama que gravita en la esfera de lo malsano, de lo enfermizo, de la privación de sentimientos positivos. La pasión herida, golpeada, aniquilada se torna en venganza y existe tanto dolor que ésta solo puede combatirse con más venganza. Personajes enfermos, trastornados, abandonados a su locura… salvo el que más motivos tenía para ser uno más de ellos: Vera, que no se deja llevar, no se deja morir y se aferra a la vida y a la cordura a través de los limitados canales de televisión que puede ver encerrada en su habitación, sus lecturas, las pequeñas esculturas que realiza o el mural que confecciona en su pared a lo largo de los años con fechas, palabras, dibujos y frases de autoayuda. Melodrama: pasión, destrucción, muerte, redención.

¿Y qué decir del peligro que encierran los reflejos sobre objetos que en esta ocasión no son esos espejos consustanciales al género? Pocas veces en un melo el reflejo fortuito de una evidencia (un rostro abrasado sobre el cristal de una ventana o una fotografía que muestra un rostro irrecuperable del pasado) acarrea de forma implacable un desenlace fatalista, mortífero y a la vez liberador.

Sin embargo, y al margen del envolvente momento en que Marilia, el ama de llaves, cuenta a Vera la folletinesca historia de su vida a la luz del fuego, el melodrama puro de “La piel que habito” se manifiesta en su soberbio final, que logra mantener con éxito el difícil equilibrio entre la emoción de un momento que no va más allá de la confusión y extrañeza de sus protagonistas y la fría contención derivada de una situación excepcional. Pese a que Almodóvar ha destacado que se trata de un desenlace medianamente feliz, en realidad no puede ser más desolador porque Vera ya no es Vicente pero ante el reencuentro con su madre invoca a su identidad masculina en un cuerpo, en una piel que la niega. Se ha salvado, pero no de la tragedia de su cuerpo: “Soy Vicente” (pero no soy Vera). Fundido a negro.

La piel de Almodóvar

La piel que habita la película de Pedro Almodóvar apuesta por envolver el cuerpo de su propuesta radical con la sobriedad de una magistral puesta en escena, que su director se encarga de cubrir con diferentes mallas hasta dotarla de un proverbial barroquismo interno al que, por naturaleza, es incapaz de escapar: la abigarrada, geométrica y artificiosa composición de todos y cada uno de los planos; la frialdad expresiva de los actores (especialmente sorprendente la de Antonio Banderas, volviendo a demostrar que una vez, hace muchos años, logró interpretar papeles); la bellísima y doliente banda sonora de Alberto Iglesias, capaz tanto de acariciar con sus acordes los momentos más poéticos de esta obra extrema como de arañar, rasgar a los personajes y a las emociones del espectador con la violencia de sus violines rotos o sus golpes de piano (se trata de la mejor creación, hasta el momento, que ha surgido de su fructífera relación con el manchego: definitivamente, es su Bernard Herrmann); la omnipresente neutralidad de los fondos grises de la mansión del doctor; las constantes referencias a la obra de Louise Bourgeois que, tal y como le agradece el director en los títulos de crédito finales, salvan a Vera: “El arte es garantía de salud”, escribe en su expresiva pared; o las obras pictóricas que decoran la residencia del médico, comentando y subrayando el terrible drama que allí tiene lugar (esos cuerpos coronados por cabezas sin rostro definido).

La piel que habita la película de Pedro Almodóvar viste a un cuerpo estructurado como si de una matrioska se tratara. El director saca las diferentes piezas que lo componen en forma de elaborados flash-backs, juega con ellos, los dispone según le conviene hasta formar finalmente un todo. Es lo que ha venido haciendo desde la genial “Carne trémula” con la excepción de “Volver”, lineal en su estructura. Encontró la cumbre de este arte en “Hable con ella” y sobre todo en “La mala educación”. Con “La piel que habito” vuelve a repetir su proeza, siempre compleja y arriesgada: sus flash-backs que se introducen en el silencio del sueño de sus protagonistas, deslizándose lentamente por sus cuerpos, resultan verdaderamente antológicos.

La piel que habita la película de Pedro Almodóvar se nutre de su propio cine. La primera aparición de Tigre cruzando una carretera constituye una auténtica imagen de choque que recuerda la de Julieta Serrano vestida de Dama de las Camelias deambulando en la oscuridad de la noche por los sórdidos alrededores de una discoteca en “Pepi, Luci, Bom” (un personaje desgraciadamente incomprendido, pues funciona a la perfección como insólito y agresivo detonante de la posterior libertad de Vera: su procedencia y acento brasileños acaban resultando tan naturales dentro de su despropósito como la de aquellos terroristas chiitas en el Madrid de la Movida que reflejaba “Laberinto de pasiones”). Pero lo que verdaderamente logrará Tigre es la recuperación literal de uno de los momentos más delirantes del cine del manchego: el de la violación de “Kika”, obra que urge reivindicar.

Asimismo, la piel que habita la película de Pedro Almodóvar necesita de las explicaciones de sus personajes (es una cto de reafirmación frente al poder de la imagen de la que forman parte); de las citas artísticas, cinéfilas, literarias y musicales (su director no podría vivir sin ellas: lo ha hecho siempre, desde su primera película… y sorprende que aún existan quienes se rasguen las vestiduras o se sientan incómodos ante un hecho marcado a sangre y fuego en el cine del manchego); y, por supuesto, también necesita de las salidas, de las bifurcaciones, de las tangentes que convierten su obra en un collage donde reina el artificio.

La piel que habita la película de Pedro Almodóvar, siempre fiel y a la vez inconformista consigo mismo, es la de su absoluta madurez, la cumbre de su arte junto a “La mala educación”, con permiso de “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”.

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