Las margaritas (Sedmikrásky, Vera Chytilová, 1966)

Dos chicas jóvenes, mientras mueven sus chirriantes articulaciones como si de dos muñecas viejas se tratasen, piensan que en el mundo hay mucha maldad y deciden ser malas para no desentonar. Este es el pretexto para rellenar setenta y dos minutos de celuloide anárquico y godardiano que consituye una auténtica celebración y reivindicación del más puro y duro hedonismo: las dos muchachas, con sus sutiles vocecitas de tonalidad ingenua e infantil, declaran la guerra al buen gusto, las convenciones sociales y el consumismo. Para ello, utilizan una sutil maquinaria de la malevolencia consistente en seducir y engañar a señores mayores en restaurantes de lujo con el propósito de que la copiosa comida que engullen les salga gratis; robar el dinero de una trabajadora o convertir su habitación en un pequeño paraíso repleto de manzanas verdes y de paredes empapeladas a base de dibujos, graffitis y recortables. Entre medias de su apuesta por el caos, también tienen tiempo para preguntarse sobre el sentido de su existencia y de sus actos.

A nivel formal, la película se contagia de ese espíritu libre y rebelde de las protagonistas. Vera Chytilová no inventaba nada al respecto, pero la esquizofrenia estilística que exhibe su obra resulta muy atractiva: secuencias en color y en blanco y negro; sucesión de planos tintados de colores varios que se suceden al alimón; insertos de diferentes dibujos y material de archivo junto a imágenes reales que devienen en animaciones; montaje abrupto; fragmentaciones; distintos niveles y juegos de sonido; cambios mágicos de vestuarios… Incluso hay lugar para una magnífica secuencia de cine mudo (el boicot que hacen a un número de cabaret para montarse ellas el suyo propio): no resulta descabellado pensar también en que Georges Méliès se cuela entre las influencias de esta obra.

“Las margaritas” concluye con el previsible festín que estábamos esperando: las chicas se adentran en una especie de lujoso, solitario y silencioso palacio donde les aguarda un impresionante banquete para ellas solas. La orgía culinaria deriva en un amasijo de platos rotos y comida desperdigadas por las mesas y el suelo, tras la cual nuestras heroínas -embutidas en un uniforme de papel de periódico- deciden abrazar nuevamente la bondad tratando de recomponer las piezas de cerámica y recoger los desperdicios sobrantes mientras sobre imágenes y sonidos de bombardeos un rótulo pone fin a la película preguntándonos si la humanidad no sería más feliz y mejor si la gente (los que nos gobiernan, los que nos manejan o intentan manejarnos) no se sulfurase tanto.

El efecto que deja este clásico de la Nueva Ola checa es el mismo que el de las películas fantásticas de María Cortez: una sensación de regusto endiabladamente naïf. Su directora no es Godard… ni falta que le hace. Probablemente las maldades subversivas de sus margaritas puedan parecernos ingenuas, de otro tiempo, hoy por hoy superadas, sobre todo porque el mundo actual es infinitamente más vil e inhabitable que el de la época en que se filmó. Pero, precisamente por eso, la génesis de su propuesta está viva porque la película logra contagiarnos de su vitalidad, de la pureza de su aire provocador, de su espíritu contestatario, de su no rendirnos, de rebelarnos, de no conformarnos y, también, de disfrutar y festejar, pese a todo y a todos, nuestra existencia.

Más que nunca, en este abominable, feo, reaccionario e inhumano siglo XXI, “Las margaritas” de Vera Chytilová es una inyección estimulante y energética que resulta del todo necesaria.

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