Las tentaciones del doctor Antonio (Le tentazioni del dottor Antonio, Federico Fellini, 1962)

Es una lástima que “Las tentaciones del doctor Antonio”, quizás por ser un mediometraje incluido y escondido en el film de episodios “Boccaccio 70”, no tenga el reconocimiento que de verdad se merece y pase más inadvertido a la hora de valorar el legado del genio italiano, pues constituye no solo un despiadado alegato contra la censura y la hipocresía de la moral retrógrada desde una óptica festiva y caricaturesca, sino también la obra precursora de la segunda etapa de su filmografía, donde explosiona, donde se despliega sin contemplaciones lo que todos conocemos como felliniano. En realidad, hace de transición entre una y otra: si por una parte no se deshace de los escenarios naturales pero a la vez reinventa los de estudio y les otorga una entidad y protagonismo propios (el blanco mortecino y las formas lineales y frías de la iglesia, la atmósfera infernal del cortejo final), por otra los personajes evidencian su fuerte estilización felliniana en su forma de actuar, en el vestuario, en el maquillaje, en la forma de dirigirse a la cámara -al espectador- mientras ésta dibuja sus famosos y expresivos travellings laterales.

El doctor Antonio del título es un censor, un castrador en toda regla, siempre expectante contra todo aquello que pueda agredir sus principios nacionalcatólicos. A este respecto, su imagen en los créditos de la película lo describe perfectamente, limpiando sus gafas y mirando hacia uno y otro lado en cuanto se las coloca (Peppino de Filippo logra una creación espectacular, llena de tics, de matices y de expresivas miradas, con su tono de voz siempre elevado, ofuscado, ejerciendo de energúmeno intolerante). La casualidad quiere que, justo frente a su casa, en un descampado, coloquen una gigantesca valla publicitaria con una sugerente Anita Ekberg postrada invitando a beber leche. Tras iniciar una particular batalla que le lleva a la denuncia y a buscar sin éxito consuelo en las autoridades eclesiásticas, ataca y tapa la valla… y es ahí, preso de la locura, donde comienza su descenso literal a los infiernos (en este sentido, anticipa también esa obra maestra que es “Toby Dammit”).

El delirio del doctor Antonio marca el punto donde Fellini abandona definitivamente, por decirlo de alguna manera, las formas y maneras que habían caracterizado hasta entonces su cine para abrazar las que lo definirán a partir de “Ocho y medio”. Y la locura del protagonista no es otra que enfrentarse durante una noche a la diabólica mujer del cartel por la que está obsesionado, que cobra vida en su imaginación en forma de un enorme ser maléfico que se pasea por una solitaria Roma, se ríe y se burla de él, lo persigue y le hace ver que no entiende su cruzada. Cuando finalmente el hombre está a punto de rendirse a sus encantos, Fellini pone en marcha entonces la preciosa paradoja de hacer que su castrador se vaya despojando de su propia ropa intentando tapar los objetivos de las cámaras que están filmando la propia película por el hecho de que Anita comienza a desnudarse.

Una vez que Antonio, ataviado con una armadura, mata a la heroína con una lanza que dirige al cartel tiene lugar el artificio felliniano con un inolvidable cortejo fúnebre que acompaña a un ataúd gigante, proclama loas al censor, invade la valla y repite “La muerte es vida cuando la muerte purifica”… y ello no es más que otro nuevo anticipo, el final de “Giulietta de los espíritus”, cuando esos espíritus que la mortifican se desatan e invaden su soledad durante la noche. Si en aquel caso Giulietta conseguía liberarse y deshacerse de ellos, el doctor -como el triste vestigio anacrónico que es- no puede escapar a su demencia y aparece al amanecer aferrado a la valla, siendo conducido finalmente al hospital con una camisa de fuerza.

No hay minuto de este mediometraje que escape al olvido, desde su genial comienzo (dos monjas que se separan cual telón, avanzan cada una hacia un extremo opuesto del encuadre, una fila de niñas que saltan de forma automática asomadas a una barandilla y tras ellas avanza un cortejo de curas ataviados con sotanas rojas) hasta el momento en que, a mitad de un discurso del protagonista a un grupo de boy scouts, irrumpe la maquinaria que va a levantar por partes el inmenso cartel publicitario, pasando por los bellísimos planos dedicados a Anita Ekberg o el sonido que hace su vestido mientras se pasea en forma de mujer colosal por las calles de Roma.

Estas “Tentaciones” fueron, sin duda, el inicio de una nueva andadura en la carrera del maestro que depararía a la Historia del Cine una proeza tras otra.

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