Una canción de amor (Un chant d’amour, Jean Genet, 1950)

El guardián de una prisión contempla desde el patio cómo a través de las pequeñas ventanas de dos celdas contiguas asoman las manos de dos presos: uno intenta coger el ramillete de flores atado a un hilo que el otro desea alcanzarle. Esta lírica y bella anécdota, convertida en leit-motiv de este mediometraje mudo filmado en blanco y negro, desata la fantasía del guardián: en sus pensamientos, accede al interior de la cárcel y da rienda suelta a un morboso voyeurismo valiéndose de las mirillas de las puertas, tras las cuales los reclusos aparecen entregados a una sinfonía de pasiones homoeróticas.

Censurada y/o prohibida durante muchos años (parece ser que se trata del primer film de carácter no pornográfico en el que salen penes erectos), “Una canción de amor” sorprende por el hecho de mostrar y celebrar una homosexualidad marcadamente física, carnal, narcisista, que exuda una potente masculinidad, sin caer en la trampa de la militancia o del vulgar panfleto: desnudos en sus celdas, los presos se masturban, practican extrañas y sensuales danzas, frotan sus cuerpos contra los catres, acarician diversas partes de sus cuerpos (Genet no escatima en detalles: cuellos, axilas, hombros, pectorales) y anhelan e intentan cualquier tipo de contacto con sus compañeros.

Se trata, pues, de un poema sobre el deseo homosexual, un deseo experimentado sin embargo en soledad: el contacto físico con otra persona solo es posible o mediante ensayos y fórmulas que lo sustituyen (la inhalación mutua del humo de un cigarro entre dos presos utilizando una pajita introducida por el agujero de la pared que separa a sus celdas) o a través de la imaginación, única forma de permitir a los reclusos que intentaban pasarse las flores disfrutar juntos de una idílica jornada en un frondoso bosque o de regodearse en la fantasía sádica donde un interno lame la pistola que el carcelero introduce en su boca, algo que junto a sus connotaciones sexuales evoca esa idea de autoridad que según su autor provoca amor y temor.

Más de medio siglo después de su realización, “Una canción de amor” se conserva como una insólita pieza de underground, rabiosamente moderna, que dice -y en última instancia hace- infinitamente más sobre la condición homosexual que cualquier triste, oportunista, panfletaria o políticamente correcta película contemporánea. La fascinante e hipnótica forma de encuadrar el rostro y el cuerpo masculino, su capacidad de sugerencia, la poesía que desprenden sus secuencias, la extraordinaria música de Simon Fisher Turner, la sórdida ambientación (celdas de paredes sucias con graffitis de -entre otros motivos- penes pintados con tiza) y el drama subterráneo que la surca (la homosexualidad se asume libremente, sin cortapisas, desde el aislamiento, la clandestinidad y la marginalidad a que la confina la sociedad) logran que este pedacito de cine único y personal se convierta en la auténtica y maldita obra de arte que sin duda es.

Una vida de mujer (Une histoire simple, Claude Sautet, 1978)

Los títulos de crédito de “Una vida de mujer” comienzan sobre un fondo azul que, conforme avanzan, se va difuminando lentamente hasta convertirse en el primer plano de la película: una ventana al exterior con una de sus hojas abierta. Esta es la forma que tiene Claude Sautet, extraordinario cineasta que mereció más y mejor reconocimiento tanto en vida como tras su muerte, de hacernos llegar a un retazo vital, a una pequeña parte de la historia simple de Marie, su protagonista, pero también directa o indirectamente de las personas que la rodean (ex-amantes, amigos, amigas, compañeros y compañeras de trabajo, su hijo, su madre).

No hay nada peor en una relación amorosa que echar de menos a la otra parte cuando se está junto a ella físicamente. Eso es lo que, a sus treinta y nueve años de edad, le ocurre a Marie con Serge, su amante. Por ese motivo, decide poner un punto y final. Pero a Marie se le abren otros frentes: su hijo adolescente empieza a vivir su vida cada vez con mayor independencia, y en su trabajo comparte la preocupación colectiva por la política de traslados y duros reajustes de plantilla y salarios que está llevando a cabo la empresa. Uno de los nuevos directivos que han nombrado es Georges, su ex marido y padre de su hijo, con quien inicia una aventura a escondidas de la joven pareja de aquél. Demasiados cambios e incertidumbres en un instante determinante de su existencia que sobrelleva con entereza gracias, entre otras cosas, a la estrecha unión que mantiene con algunos de sus colegas, entre los que se encuentra el maduro matrimonio formado por Jérôme y Gabrielle, dos amigos íntimos que tampoco pasan por un buen momento.

La película comienza con el aborto de Marie como consecuencia de una crisis personal, de un vacío, de una ruptura con Serge, deshaciéndose del feto de la misma forma en que se deshace de esa historia de amor, y concluye con un nuevo embarazo como vía de escape a esa crisis que ya afecta a varias parcelas de su vida, como forma de atisbar un cambio, un giro en el que aún no hay lugar para una relación sentimental -Georges se va sin que sepa, por decisión de Marie, que el hijo que espera es suyo- pero sí el inicio de una nueva etapa vital a la que pueda aferrarse o, como ella misma afirma, para que al menos sea su bebé quien se aferre a ella (“Quizás no fuera lo bastante tuya con mi trabajo, mi hijo, mi vida”, le escribe a Serge cuando lo deja). Se trata, en todo caso, de abrir puertas y no cerrarlas drásticamente como su buen amigo Jérôme quien en el último tramo de su periplo laboral, bajo la amenaza de ser degradado en su trabajo o directamente despedido, se encierra en sí mismo, sin alicientes ni alternativas, incapaz de buscar refugio en amistades o en un matrimonio donde, como en tantos, hubo más amor que placer y, por supuesto, infidelidades mutuas, optando finalmente por el suicidio. Muy preocupada por él, intuyendo desde el principio esa espiral de punto sin retorno que lo acechaba, ve en la crisis de Jérôme el reflejo de la suya propia, pero también los senderos que debe desechar y la posibilidad de dar un nuevo rumbo a su vida de mujer.

El grupo humano que observa Sautet no es ajeno a las aventuras y triángulos amorosos, las ideas y venidas sentimentales, las rupturas como consecuencia de -en palabras de la protagonista- traicionar el hecho de amar a la gente tal y como es y no como debe ser, y, por supuesto, a un marco social que les influye (en este caso, el del contexto de una crisis económica). Cuanto más cohesionado está ese grupo, a pesar de los conflictos de diferente naturaleza que puedan tener lugar dentro del mismo, más posibilidades tienen sus miembros de salir a flote. Es, precisamente, en los momentos de soledad cuando Marie flaquea, y es el aislamiento voluntario de Jérôme, su ensimismamiento, uno de los motivos que lo conducen a su dramático final. El miedo a la soledad es lo que empuja a los personajes del director francés a buscar nuevas posibilidades en los otros.

Como siempre ocurre en el cine de Sautet, su dirección y fotografía se caracterizan por la sobriedad, optando por la autenticidad pero rehuyendo el enfoque realista: no necesita alardes técnicos ni complejidades narrativas innecesarias (para eso ya están las relaciones humanas que presentan sus películas). Se deleita en la utilización de los espejos, que desdoblan a Romy Schneider en diferentes momentos anímicos, y se recrea a la hora de filmar a los personajes desde fuera, a través de cristaleras que, de forma difusa, casi abstracta, captan el reflejo, la instantánea de la vida que fluye en ese exterior (viandantes, árboles, coches) y la sobreimpresiona sobre aquéllos. Parece como si, además de hacer notar que esa vida anónima, desdibujada, está repleta de historias simples como la que él nos muestra, la volutad de Sautet fuera la de convertirse también en un espectador más pero, a su vez, haciendo notar que la suya no es una mirada en modo alguno aséptica, sino basada en un enfoque muy personal caracterizado por una extraña e intensa pasión interna que se manifiesta en su forma de filmar a los actores bien de forma individidual, en pareja o en grupo, interconectando sus conflictos vitales con el espacio en que tienen lugar, ya sea en la intimidad de su hogar o en las relaciones sociales que establecen en el trabajo, en una cafetería o en una reunión de amigos en una casa de campo. La bellísima música de Philippe Sarde cumple una función parecida: pespunta las imágenes discretamente sin enfatizarlas, tanto en momentos esenciales como en los más anecdóticos. Parece marcar el propio ritmo del relato.

Y, por supuesto, Romy Schneider: “Una vida de mujer” supuso la quinta y última participación como protagonista en una película de Claude Sautet, regalando para la posteridad la naturalidad con que desplegaba su capacidad expresiva, cualidad habitual en ella pero mucho más patente cuando se ponía al servicio del cineasta: la actriz se esconde y de su Marie florece Romy, sus gestos y sus miradas intensas, profundas, penetrantes, que ponen voz y psicología a sus silencios, a sus introspecciones, a sus sentimientos, a sus destellos de felicidad y a sus aflicciones (¡esos ojos que progresivamente se inundan en lágrimas que no logran escaparse de ellos!).

Sautet detiene su observación en la preciosa escena final, con Marie tomando el sol, mirando hacia ninguna parte, pensativa, y luego cerrando los ojos mientras acaricia su vientre. El azar, los caprichos, las satisfacciones, los obstáculos, la cotidianidad, las cosas de la vida, en definitiva, harán el resto… pero todo eso ya no interesa a un cineasta que nunca fue amigo de lecciones, de conclusiones ni de desenlaces rotundos: su tren llegó en un determinado momento de la existencia de esta mujer, se detuvo a contemplarlo durante un tiempo y parte ahora, cuando todo está por acontecer.