Cadena perpetua (Arturo Ripstein, 1978)

Tiempo atrás, El Tarzán fue un delincuente de poca monta que se movía entre el hurto y el proxenetismo. Llegado a cierto punto, decide cambiar su vida y convertirse en una persona honrada ejerciendo como cobrador de facturas para un banco, pero el pasado lo persigue sin posibilidad alguna de esquivarlo. Esta puede ser, a grandes rasgos, la sinopsis de “Cadena perpetua”, implacable melodrama de tintes sociales basado en una novela de Luis Spota. Su título es absolutamente consecuente con la situación vital del protagonista: por más que haya rehecho su vida y se haya marcado como meta inamovible la de ser una persona decente, un padre de familia que gana su sustento de forma digna y legal, alejado de los bajos fondos donde perpetraba sus fechorías, es incapaz de escapar a un destino que le niega esa posibilidad.

En una sociedad basada en la corrupción, donde reina la ausencia de escrúpulos, El Tarzán se convierte en una especie de Justine de Sade que vive sus particulares infortunios de la virtud, bastándole un solo día -es en ese espacio de tiempo en el que cronológicamente sucede la historia- para sufrir en sus propias carnes la imposibilidad de librarse de una espiral trágica: el ya jubilado Comandante Prieto, policía que en el pasado ordenaba a sus inferiores torturarlo y encarcelarlo cada vez que cometía un delito, se cruza en su camino para robarle el dinero procedente de sus cobros y chantajearlo exigiéndole el pago de una importante cantidad diaria de dinero, algo que sin duda lo obligaría a volver a delinquir. Los papeles se han invertido: ahora es el representante de la ley quien actúa como un criminal utilizando los mismos métodos fascistas que empleaba para imponerla e induciendo a que una persona rehabilitada y honrada deje de serlo. Por más que, a contrarreloj, intente buscar a su jefe para explicar lo sucedido con la esperanza de que cuanto antes lo haga mayor será la probabilidad de ser creído, no será capaz de dar con él… al tiempo que su cadena perpetua, la del sometimiento, la de la extorsión, la de la delincuencia, la de la negación de una vida decente, irá materializándose.

La única opción real y a la vez metafórica que le queda a El Tarzán es, tal y como le dice su antiguo compañero de andanzas, pagar… porque así está concebida la dinámica del sistema, un sistema putrefacto y alienante al que la sociedad anestesiada y, por supuesto, condenada, asimila o, en última instancia, obvia, volcando sus preocupaciones en asuntos tan fútiles como el esperanzador y épico papel que pueda jugar la selección mexicana en el mundial de fútbol, tal y como de manera insistente, a lo largo de los noventa y tres minutos de metraje, ponen de manifiesto los comentarios monotemáticos de ciudadanos anónimos a pie de calle. Un sistema corrupto se nutre, por mucho que lo maquille con leyes y buenas intenciones, de la corrupción que por acción u omisión practica y fomenta en sus súbditos, logrando que la acepten como un hecho normalizado y participen, consciente o inconscientemente, de ella.

Huyendo del maniqueísmo en todo momento y con una dirección ejemplar, Arturo Ripstein pone en marcha su particular, distanciada e inconfundible maquinaria expresiva, masacrando el realismo en favor de sus juegos de artificio a través de una fotografía de tonos ocres, de la habitual profusión de espejos y de su querencia por la ambientación sórdida (viendo y disfrutando su cine, realmente dan ganas de convertirse en una masa de croqueta y rebozarse en la incomparable sordidez de sus melodramas: es la manifestación de amor más contundente que un admirador puede expresarle).

Aunque, a priori, da la impresión de ser un relato clásico, Ripstein huye del tratamiento lineal introduciendo con sabiduría y de la forma más natural y oportuna tanto diferentes flash-backs que muestran distintos episodios del pasado delictivo de El Tarzán como su voz en off introspectiva en aquellos momentos que más golpean y atenazan su conciencia y su voluntad. Por otra parte, el director administra de forma admirable, como suele ser frecuente en su cine, el tiempo siempre pausado en el desarrollo de las escenas, ejecutadas a base de tomas largas y de lentos movimientos de cámara, y de los diálogos, que desprenden esa bellísima poética tan propia de su universo personal y su manera de fluir descubriendo las diferentes capas en que están envueltos.

La película, que se suma a la nada despreciable cantidad de magistrales melodramas de un autor que, por derecho propio, es uno de los maestros del género en el último cuarto del siglo pasado, se cierra de forma modélica con un inolvidable primer plano sostenido del extraordinario actor principal, Pedro Armendáriz Jr., mirando fijamente a una cámara que, en realidad, somos nosotros, los espectadores, interrogándonos a través de ella, casi excusándose, buscando quizás nuestra complicidad, nuestra comprensión, invitándonos no a ejercer un juicio moral sobre su proceder, sino a reflexionar, dándonos a entender que no tiene otra opción y por qué no la tiene, aceptando su destino, su cadena perpetua.

La pasión según Berenice (Jaime Humberto Hermosillo, 1976)

Pocos géneros cinematográficos son tan propicios como el melodrama para adentrarse en los caminos que conducen hacia el interior del alma femenina con el fin de explorarla, recorrerla o intentar descifrarla. Y si a ello unimos el hecho de que sea un hombre, un director, el que intente escarbar en ella y lo haga de una manera honesta, desde el conocimiento e identificación más profunda, ahuyentando lugares comunes y afrontando una empresa siempre difícil que va a situarlo en cualquier momento al borde del precipicio, el resultado es similar al logro de la cuadratura del círculo.

Jaime Humberto Hermosillo es un arriesgado y prolífico director mexicano poco conocido en España al que sus compatriotas y estudiosos sitúan en una esfera a medio camino entre Fassbinder y Almodóvar. “La pasión según Berenice”, una de sus primeras películas, ejemplifica de forma implacable lo acertado de tal afirmación, situándonos ante un extraordinario melodrama de altura. En líneas generales, comparte con ambos autores la tendencia al retrato de mujeres pasionales, la sabiduría en la aplicación y subversión de los códigos del género, y el gusto por el desequilibrio entre la contención y el exceso.

Sobre la bella e inquietante Berenice recae la sospecha, entre otras muchas habladurías, de que fue la autora del incendio en el que murió su marido. De aquel suceso le queda una cicatriz en el rostro. Maestra de taquimecanografía, cuida de su anciana y enferma madrina en un pueblo donde nunca pasa nada, en el que, como mucho, los domingos se reducen a ir a misa o a una sesión de cine. Con ocasión de la muerte del médico que la atiende, llega el muy atractivo hijo de éste, que ejerce la misma profesión, y Berenice se siente inmediatamente atraída por él. Aunque su estancia va a ser corta, la intención de la protagonista es procurar un encuentro entre ambos que derivará de forma inevitable hacia una pasión que ella planificará y dirigirá en todo momento (Prefiero acostarme con usted antes que tutearle), pero que estará abocada a un imposible por él, por ella misma, por la enfermedad de la anciana, por la vida provinciana…

Con calculada distancia, al director le interesa sobre todo confrontar con su entorno a una mujer en apariencia reservada que, comportándose de cara al exterior conforme a los estrechos códigos sociales de un pueblo, decide abandonarse por completo en el plano más íntimo a los designios de sus más oscuros deseos, de sus sentimientos, de su pasión por un hombre para quien ella es solo otra aventura más, que se antepone a sí mismo, que no sabe ver más allá de su propio egoísmo y no es capaz de comprender la complejidad de la fuerza rabiosa e independientemente femenina que tiene ante sí ni corresponder a la plenitud con la que se ofrece Berenice.

Por otra parte, Hermosillo jamás exhibe sus cartas: juega a sugerir, no permite que el espectador acceda a más información de la necesaria, obligándolo a construir aquellas partes de la historia que permanecen en la sombra (y son muchas). No le interesa que sepamos qué ocurrió verdaderamente en aquel incendio, ni si son ciertas las historias que circulan sobre ella: debemos, si queremos, extraer nuestras propias conclusiones para comprender su mundo interior tan fascinante y turbador, su forma de actuar y de sentir acorde a su experiencia pasada, que se nos antoja difícil y dolorosa, llena de renuncias y frustraciones que la llevan a preferir la leyenda que los rumores han levantado en torno suyo antes que una realidad que ha reprimido sus deseos, su sexualidad, su feminidad (La amistad y el amor son sentimientos mezquinos. Conozco muy bien lo que es el odio y no existe nada igual). Ni siquiera se detiene en mostrar las secuencias de sexo que derivan de sus encuentros, sino lo que tiene lugar antes y después de los mismos porque es el deseo, su materialización y su satisfacción, su vivencia plena y sin condiciones, el que retrata la pasión de Berenice.

La película -en la que Hermosillo utiliza y dosifica con verdadera maestría el travelling, los fundidos en negro, los espejos y un ritmo pausado que dota a las frecuentes tomas largas de un tono descriptivo pero también muy adecuado a las derivas psicológicas de la protagonista, y saca un excepcional partido de Martha Navarro como Berenice, Emma Roldán como la vieja enferma y del imprescindible galán Pedro Armendáriz Jr.- ofrece momentos verdaderamente impagables y desquiciados, como aquel en que Berenice está en un café con su madrina, se fija en un joven atractivo que entra y acto seguido se encierra en el retrete para dibujar un enorme falo erecto tras la puerta; aquel en que dicta a sus alumnos el fragmento de un libro que le recomendó el médico, paseándose entre ellos con delectación y dejándose acariciar cuando regula el carro de una máquina; o aquel otro en que aprovecha una clase de conducir que el doctor le da para dirigirse hacia un motel donde se acostará con él, sin olvidar la muy buñueliana pesadilla que la asalta en cierta ocasión, surcada por un más que sutil humor negro.

En el impresionante aunque abierto final, aderezado con la sobrecogedora Segunda Sinfonía de Mahler, Berenice toma una decisión donde otra vez el fuego se convertirá en un elemento purificador que nos hará comprender muchos aspectos, muchas facetas de su feminidad reprimida, frustrada y, a partir de ese mismo momento, reivindicada, liberada, autoafirmada.