Plan diabólico (Seconds, John Frankenheimer, 1966)

Si alguien pudiera cambiar una existencia vacía, sin contenido, de alguna manera impuesta o autoimpuesta, a la que únicamente da sentido los alienantes patrones existentes en la sociedad, ¿lo haría si tuviera oportunidad de renacer bajo otro nombre, otro aspecto físico y una nueva vida absolutamente distinta? En la absorbente obra maestra “Plan diabólico” es La Compañía, una organización secreta, la que brinda esta oportunidad al maduro banquero Arthur Hamilton.

Durante la primera media hora, el espectador asiste a una subyugante trama de suspense al final de la cual conoce realmente qué se esconde tras los mensajes y llamadas que recibe Arthur y el desasosiego que le provocan. A partir de la siguiente hora, la película se torna en un drama psicológico donde el protagonista, supuestamente fallecido en el incendio de una habitación de hotel, se convierte gracias a un ignoto cadáver que corresponde a sus características morfológicas y que posibilita una compleja operación quirúrgica, en el apuesto y rejuvenecido pintor de éxito Tony Wilson, borrando todo rastro de su vida pasada.

Tony, sin embargo, no logra adaptarse a la nueva existencia que le ha diseñado La Compañía. En su tramo final, vuelve frustrado a la organización para someterse a un nuevo y último cambio que le permita convertirse en su ideal de sujeto libre, fiel a sí mismo, aspirante a una vida sin imposiciones externas y determinada única y exclusivamente por él, pero todo este plan diabólico se convierte en una auténtica pesadilla kafkiana, inmersa ya de lleno en el género de terror.

Con un pulso menos firme del que exhibe de forma brillante John Frankenheimer, con dudas o desequilibrios respecto a los diferentes géneros en que navega y cediendo a la tentación del efectismo tramposo y hueco, esta película no se habría convertido en la ilustre obra que es. Por otra parte, gracias a la constante utilización de lentes que distorsionan la imagen y a unos movimientos complejos y extraños de cámara que transmiten una verdadera sensación claustrofóbica, “Plan diabólico” atrapa desde sus hipnóticos títulos de crédito -firmados por Saul Bass- hasta el inexorable, terrible y pesimista final. Del mismo modo, llama la atención que un film sobre la búsqueda de una nueva vida que supla sus deficiencias, atavismos y frustraciones, esté plagada de actores que fueron víctimas del McCarthysmo, desposeídos de sí mismos, de su ideología, de su forma de vivir y de pensar.

Volviendo a la trama, cuando Tony visita a quien fue su mujer, ésta le dice que su marido, antes de morir en aquel incendio, llevaba en realidad muchos años muerto. Esa es la auténtica clave de la película y el aterrador espejo que sitúa este asfixiante mal sueño ante el espectador: ¿Hasta qué punto estamos muertos? ¿Cuánto hay de realidad, de verdad en nuestras vidas y cuánto de falso, de aparente, de impostado? ¿Hasta qué punto somos dueños de nosotros mismos y hasta qué punto los entes de esta sociedad nos fagocitan, nos teledirigen, nos desdibujan y acaban adueñándose de nosotros? La Compañía no solo aporta un nuevo físico a Tony, sino que crea para él una vida artificial, impersonal, ajena, en la que lo único que tiene que hacer es interpretar un papel dentro de un guión y unos decorados donde todo le viene dado y donde su capacidad para ese otro que aspira a ser es prácticamente nula porque los otros actores de la trama están ahí, acechantes, para corregir sus intentos de desviar el sendero que le han trazado o para proporcionarle supuestos alicientes como cebo para no desistir: de ahí su falta de adaptación, de ahí su pretensión de un nuevo, último y definitivo cambio donde pueda lograr por fin su objetivo, algo imposible y peligroso para una sociedad que crea marionetas y se caracteriza por la inautenticidad y los sucedáneos de libertad y felicidad.

Joya del cine paranoico, “Plan diabólico” tiene dos momentos muy significativos: al comienzo, Frank atraviesa un frío e inmenso matadero con cientos de animales abiertos en canal, hasta ser introducido en un camión de mercancía cárnica (espeluznante metáfora) que lo trasladará al recinto donde será intervenido: mientras es operado, resulta imposible no recordar su tránsito por aquel matadero. Hacia el final, cuando regresa para someterse a ese nuevo reseteo de su vida, lo sientan en una gran sala, donde reina un insoportable silencio y en la que hay presentes otros errores de La Compañía que también han vuelto porque su nuevo aspecto e identidad no han cumplido sus expectativas. Vestidos más o menos de la misma forma, ensimismados, presos de la frustración, inexpresivos, sin que medie una conversación entre unos y otros, jugando a solitarios, escribiendo, escuchando la radio o viendo un pequeño televisor, son reses que esperan un sacrificio tras el cual les aguarda la nada. De forma implacable, se asimilan estos dos momentos que se cierran en círculo. Demasiado real para ser una fábula.

Para finalizar, no sería justo concluir este texto sin citar la efectiva banda sonora de Jerry Goldsmith, la impresionante fotografía en blanco y negro de James Wong Howe y la excepcional interpretación del tándem John Randolph (Arthur) / Rock Hudson (Tony) en el papel del héroe de la triste función.