La línea del cielo (Fernando Colomo, 1984)

El director Fernando Colomo fue incapaz de adaptarse a una ciudad como Nueva York cuando intentó pasar una temporada allí documentándose para escribir el guión de una película inspirada en el mundo del Arte neoyorkino. A las dos semanas, acabó dando carpetazo a su estancia y al proyecto. Sin embargo, se aplicó de tal modo una máxima que vio durante una visita al Actor’s Studio -“Se deben utilizar las frustraciones personales para lograr una creación”- que acabó rodando la que, sin lugar a dudas, es su mejor obra, “La línea del cielo”, basada en su peripecia personal.

Sin guión, con unas ideas generales biográficas esparcidas en tres o cuatro folios, con diálogos improvisados o escritos momentos antes de ser interpretados por los actores (salvo Antonio Resines, protagonista alter-ego de Colomo, y la actriz norteamericana que encarna a la persona que le alquila el piso, todos los que aparecen en la película no eran profesionales sino amigos y conocidos suyos que se interpretaban a sí mismos: el representante y futuro director Whit Stillman, su mujer y su cuñada, ambas catalanas; un peculiar psicoanalista español y su no menos peculiar familia; su profesora de inglés, varios pintores o el escritor hispanófilo Roy Hoffman) y con un equipo técnico reducido a la mínima expresión (solo seis personas), dio lugar a una obra extraordinaria y original, filmada con sonido directo y sin focos (lejos de plantear un problema, el ejemplar trabajo de fotografía en 16 mm de Ángel Luis Fernández -que le obligó a situar a los actores junto a las ventanas en las escenas de interior- obtuvo como resultado una imagen con una textura a ratos sucia, brumosa, realista, que dotaba a Nueva York de una fisicidad, de una desnudez y belleza casi mágicas, sin artificios).

Resines encarna a Gonzalo, un fotógrafo que ha tocado techo en España y se traslada a la Gran Manzana porque sueña con trabajar para Life y otras revistas de prestigio. Sin embargo, sus problemas con el idioma, las dificultades para asumir el cosmopolitismo y la idiosincrasia del lugar, el desinterés que su trabajo provoca porque sus preferencias temáticas no son consideradas novedosas, y el amor frustrado que siente por Pat, una catalana que también busca su lugar en el mundo del video, solo supondrán obstáculos cada vez más insalvables para cumplir su objetivo.

Narrada con llamativa sinceridad y naturalidad, sin trampas, a medio camino entre el documento y la ficción, el amateurismo y el aliento underground, rehuyendo en todo momento cualquier tentación de caer en la mitomanía y en los lugares comunes de los fastos de una ciudad-ensueño como Nueva York; con los inconfundibles ramalazos del sentido del humor típico de su autor, nada forzados en esta ocasión, perfectamente integrados, característicos de su mejor cine (“Tigres de papel”, “La mano negra”), y salpicada de vez en cuando por la muy bien empleada voz en off del protagonista, hilo conductor a medio caballo entre el monólogo interior y el relato jocoso de una vivencia iniciática, extraña, desconcertante, pesadillesca y finalmente frustrante, que desemboca en la desilusión de una batalla perdida, “La línea del cielo” -desde los títulos de crédito en que contemplamos a Resines perdido en esa jungla urbana, preguntando a varios transeúntes, tratando de hacerse entender- presenta un universo claustrofóbico, inmerso en una dinámica circular, que obliga a plegarse a sus costumbres, a un idioma, a su lógica caótica y sin contemplaciones de la supervivencia. Así, la vida de Gonzalo es un bucle que discurre entre sus clases de inglés, atender las obligaciones que su casera le impone (reglar las plantas, cuidar a sus mascotas), responder a unas siempre ansiadas llamadas telefónicas que nunca van dirigidas a él, intentar darse a conocer a la fauna artística que asiste a las parties organizadas por sus amistades hispanas, visitar a su representante o aferrarse al amor inconfesado que siente por Pat, la cuñada de aquél, un flechazo que parece actuar más como salvavidas que como un sentimiento más profundo: como Nueva York, Pat ejerce una poderosa atracción, un empezar de cero ilusionante incapaz de avanzar que concluye en una decepción, en una derrota más.

La película, que merece por derecho propio figurar en cualquier antología del cine español, contiene no pocas secuencias que se quedan grabadas en la memoria del espectador, como las de Resines deambulando por las calles, las que tienen lugar en el puerto con Pat por una parte y con el escritor Hoffman por otra, la panorámica nocturna desde una terraza, la visita a un cine donde exhiben “Al final de la escapada” de Godard, o la imagen final del taxi que se aleja con el protagonista rumbo a España. Uno de los grandes aciertos de Colomo es la utilización de varios temas del cantante Manzanita en estas y otras escenas (de manera muy especial, recurrente y significativa el bellísimo “Rey de tus sueños”), que comentan y ponen voz a los sentimientos y estados de ánimo del personaje principal, pero que también visten con su melodía a las imágenes urbanas, consiguiendo un maridaje poseedor de un irresistible poder de fascinación.

Crónica tan desencantada como marciana, la línea del cielo neoyorkina (como alguien comenta en cierta ocasión) se alcanza inesperadamente cuando alguien se encuentra en el instante y lugar adecuados, pero ese rey de los sueños, sin que Gonzalo sea consciente de ello, se la ofrece en bandeja justo en el momento en que arroja definitivamente la toalla: paradojas del American dream diseccionadas con lúcidos y desmitificadores ojos españoles.

Vivir en Sevilla (Gonzalo García Pelayo, 1978)

Dividida en cuatro fragmentos (un prólogo donde se presenta a los dos protagonistas, Ana y Miguel; una primera parte donde asistimos a la ruptura de su relación y al inicio de sendas aventuras amorosas por parte de ambos; un intermedio donde, siguiendo el modelo de Ingmar Bergman, el director pregunta a la maquilladora y al autor de la música y de las pinturas de la película, cómo creen que acabará la historia de amor además de propiciar un debate sobre la condición y el deseo femeninos; y una segunda parte especialmente arrebatadora en su particular y extraño lirismo donde se resuelve el interrogante), “Vivir en Sevilla” constituye una de las experiencias más apasionantes del cine español de la época de la Transición, una película única, singular, distinta, excepcional, innovadora y fresca, recorrida por el espíritu de Jean-Luc Godard pero sin renunciar a la arrolladora personalidad (y carácter marcada y sentidamente andaluz, sevillano, sin abandonarse en momento alguno a folclorismos, tópicos o lugares comunes: más bien dinamita cualquier idea preconcebida que el espectador pueda crearse en torno a esta propuesta) que impone su director, Gonzalo García Pelayo.

Pero la línea argumental de esta historia, que transcurre cronológicamente entre el 24 de marzo y el 26 de mayo de 1978, es solo un pretexto, una simple excusa, para construir un verdadero manifiesto de amor desinhibido, totalmente desdramatizado (los actores, por ejemplo, no actúan: en un difícil y conseguido equilibrio, se muestran espontáneos a la vez que estilizados en sus composiciones, casi recitando en sus interlocuciones), a la capital andaluza y, con ella y a través de ella, a la alegría, a la libertad, a la vida y a la celebración de la incipiente democracia que va experimentando la sociedad del país en ese momento, cuando aún no se habían cumplido tres años de la muerte del dictador Franco (de hecho, la película concluye con la protagonista leyendo en las páginas de un diario una serie de muy significativos artículos relativos a derechos y libertades de la Constitución Española).

Para plasmar en imágenes este manifiesto tan personal donde Sevilla se hace tan física como metafórica, García Pelayo utiliza incesantemente una serie de recursos que enriquecen su obra hasta límites insospechados: un prólogo que nos sitúa en una entrevista realizada a Ana antes del rodaje y, sobre la imagen constante de aquélla, un audio de Miguel realizado tras la filmación de la película; continuos rótulos, comentarios y citas sobreimpresas en la imagen; planos estáticos que utilizan de forma muy inteligente el off visual; incisos musicales (inolvidable la actuación de El Farruco y sus Niñas con que se cierra la primera parte); una toma no válida que se repite; el rodaje en directo de una secuencia; la lectura del guión por parte del actor principal en el momento de declarar su amor a Ana; la irrupción de la voz en off del director en algunas secuencias, o desvíos testimoniales en forma de documento que ocurren en Sevilla durante el rodaje, como el relato de El Niño del Taller sobre el asesinato de un muchacho por parte de un policía, el del pintor Toto El Estirado sobre la reconciliación nacional mientras la cámara muestra sus pinturas, o la insólita ocupación de La Giralda por parte de los trabajadores de astilleros… Y todo ello sin olvidar el extraordinario personaje, lleno de matices, del pintor exiliado que vuelve a Sevilla pasados cuarenta años cuya relación personal y sentimental con Ana resultará fundamental para el desenlace de su historia con Miguel.

Sevilla para el reencuentro; Sevilla para la reconciliación; Sevilla para el amor; Sevilla como estímulo para la creación; Sevilla para el Arte; Sevilla para la democracia; Sevilla para la libertad. Esto es, en definitiva, “Vivir en Sevilla”.