Elogio del zoom

Afirmaba Jean-Luc Godard que “el travelling es una cuestión de moral”. No seré yo quien niegue tan bella y cierta conclusión pero, sin embargo, debo añadir que el denostado zoom es una hermosa cuestión de intensidad dramática.

En la década de los sesenta, su utilización se puso muy de moda. No falta razón a quienes defendieron -y aún sostienen- que se trata de una solución burda y antiestética que facilitaba la tarea de planificar y, en definitiva, de resolver una escena. El uso indiscriminado, excesivo y funcional del zoom lo perjudicó enormemente. Quizás el Visconti de la trilogía alemana (“La caida de los dioses”, “Muerte en Venecia” y “Ludwig”) constituya el ejemplo más evidente de cómo no debió emplearse jamás. Y sorprende aún más tratándose de un esteta como el maestro italiano: especialmente en “La caida de los dioses”, Visconti basó el lenguaje de tan estupenda película en el uso sistemático, abusivo, caprichoso y gratuito del zoom, sin otra justificación que la de la comodidad que le suponía. Aquellos zooms no significaban: ¡ese era el gran problema de su errático empleo! En este sentido, me duele que “Muerte en Venecia”, una de mis obras favoritas de todos los tiempos, adolezca de esa terrible tara.

Y aquí es donde quería llegar: cuando un zoom significa es capaz de dotar a la escena de una gran fuerza dramática, abocándonos de la manera más sutil a explorar las sendas introspectivas de un personaje. Gracias a él, podemos adivinar qué siente, sus más oscuras intenciones, su alegría o su dolor, sus pensamientos más íntimos. Es, de este modo, como nos revela toda su riqueza y esplendor, al convertirse no en una cuestión de moral como el travelling sino en una cuestión de sutileza, de psicologismo… también de distancia en la puesta en escena, de abordarla con una voluntad seca y rupturista, de dar rienda suelta al más puro, duro y crudo artificio.

Quizás algunos tachen este procedimiento de ser demasiado obvio, pero para mí no hay mejor forma de situarnos al filo del abismo de ese personaje, de ensartar su alma con el afán de exponerla, de evidenciarla. En este sentido, Bergman, Fassbinder, Kubrick o Altman son claros exponentes del zoom que significa, del zoom como recurso hipnótico, transgresor, insolente e indispensable. Todos ellos lo emplearon cuando la degeneración de su uso estaba pasando o ya había pasado de moda, dignificándolo, dotándolo de sentido.

Realmente, no me imagino sin él a películas como “Gritos y susurros” o “El huevo de la serpiente”; “Barry Lyndon” o “El resplandor”; “Miedo al miedo” o “Desesperación”; “Tres mujeres” o “Vidas cruzadas”. Soy incapaz de imaginar otras soluciones en aquellas secuencias donde el zoom me atrapa y me fascina, acercándome indiscreta y descaradamente al interior de un personaje o a la (significante) insignificancia de su existencia. ¡Viva el zoom!

Cinefilia caníbal

Existe una cinefilia caníbal que constituye el reverso tenebroso e hipertrófico de esos Carlos Boyero de cierta prensa vendida que tanto detesta: adolece, a la inversa, de sus mismas taras, de sus mismos prejuicios.

El cinéfilo caníbal hace tabula rasa, despieza, destroza, vomita en la cloaca del resentimiento el cine que lo nutrió, que lo convirtió en el amante absoluto y verdadero que supuestamente afirma ser en su madurez, entendida a su modo de ver como una evolución que, sin embargo, enmascara una triste y simple involución pues reniega de aquellas películas, de aquellos directores que antaño le entusiasmaba y defendía para devorarlos sin la más absoluta compasión y sin el menor asomo de agradecimiento por los servicios prestados.

Cada nuevo descubrimiento fílmico, gracias a esa fuente inagotable y saludable que es Internet, hace que los cinéfilos caníbales se replanteen, se cuestionen el historial que llevan consigo, minusvalorando o fusilando aquello que admiraban. Si antes respetaban a Kurosawa, ahora lo masacran porque el conocimiento de, pongamos, Naruse o Imamura, les ha hecho ver la luz: no son capaces de hacer convivir en su universo personal a uno (del que sacarán a relucir lo peor, ridiculizándolo, mientras obvian lo positivo) y a otros (a los que pondrán por las nubes, practicando una suerte de discriminación positiva que, a su vez, genera guetos con los que se muestran encantados). Prefieren el sacrificio mediante el arte del canibalismo y la iconoclastia radical: lo que durante un tiempo les enriqueció y les hizo crecer como cinéfilos, ahora es un juguete roto, un error de juventud, un desdecirse para justificar el nuevo maná, una huida hacia delante mirando hacia atrás con ira.

Y, por supuesto, pobre de aquel autor que adoptan si se atreve a escapar del selecto y exiguo grupo de espectadores tocados por el dedo de dios en el que se autoincluyen. Será patrimonio exclusivo de ellos mientras el díscolo éxito comercial de su última obra o al desaprensivo jurado del Festival cinematográfico de turno no se le ocurra premiarlo y democratizarlo. En tal caso, volverán a recurrir al canibalismo y repensar a la baja aquellas películas anteriores que tanto les deleitó: la traición tiene un alto precio porque no soportan, no consienten, no perdonan coqueteo alguno con el espectador mayoritario pues ello supone -no pocas veces con carácter retroactivo- la fatal perversión de su obra, su adocenamiento, su acomodación, su expropiación, su inadmisible consenso con ese público (¿acaso no apalean sin piedad las obras más consensuadas -empleando sus propios términos- de un autor que, tiempo atrás, fue hueso duro de roer para los paganos?). Olvidan la generosa cantidad de maestros y artesanos del cine que supieron dignificar y respetar al público, que intentaron por todos los medios darse a él, buscarlo sin renunciar a ellos mismos, mirándoles a los ojos, ofreciéndoles sus propuestas desde la honestidad, desde la inteligencia, desde la sensibilidad, desde la humildad, conscientes del valor y posibilidades que tenían quienes se situaban frente a una pantalla.

Surgida a raiz de las descargas en Internet, que ha permitido el acceso a obras, directores y cinematografías desconocidas, olvidadas, desapercibidas o poco o nada reivindicadas, y de su labor en foros, páginas y revistas físicas y digitales especializadas, hay que reconocer, sin embargo, que esta cinefilia caníbal resulta imprescindible en su incesante difusión del Séptimo Arte, una labor que vende bien cara porque, quizás, de aquí a un tiempo nos llevemos la sorpresa y comprobemos -una vez nos hayamos encariñado o entusiasmado con sus obras- que sus selectos miembros han efectuado una enmienda a la totalidad ninguneando y sepultando a sus hasta hace poco tiempo flamantes patrocinados a causa de su fatal claudicación y acceso al público pagano, viéndose obligados a admitir, para salvaguarda de la pureza incorruptible de su mirada, que se habían equivocado.