Cinefilia caníbal

Existe una cinefilia caníbal que constituye el reverso tenebroso e hipertrófico de esos Carlos Boyero de cierta prensa vendida que tanto detesta: adolece, a la inversa, de sus mismas taras, de sus mismos prejuicios.

El cinéfilo caníbal hace tabula rasa, despieza, destroza, vomita en la cloaca del resentimiento el cine que lo nutrió, que lo convirtió en el amante absoluto y verdadero que supuestamente afirma ser en su madurez, entendida a su modo de ver como una evolución que, sin embargo, enmascara una triste y simple involución pues reniega de aquellas películas, de aquellos directores que antaño le entusiasmaba y defendía para devorarlos sin la más absoluta compasión y sin el menor asomo de agradecimiento por los servicios prestados.

Cada nuevo descubrimiento fílmico, gracias a esa fuente inagotable y saludable que es Internet, hace que los cinéfilos caníbales se replanteen, se cuestionen el historial que llevan consigo, minusvalorando o fusilando aquello que admiraban. Si antes respetaban a Kurosawa, ahora lo masacran porque el conocimiento de, pongamos, Naruse o Imamura, les ha hecho ver la luz: no son capaces de hacer convivir en su universo personal a uno (del que sacarán a relucir lo peor, ridiculizándolo, mientras obvian lo positivo) y a otros (a los que pondrán por las nubes, practicando una suerte de discriminación positiva que, a su vez, genera guetos con los que se muestran encantados). Prefieren el sacrificio mediante el arte del canibalismo y la iconoclastia radical: lo que durante un tiempo les enriqueció y les hizo crecer como cinéfilos, ahora es un juguete roto, un error de juventud, un desdecirse para justificar el nuevo maná, una huida hacia delante mirando hacia atrás con ira.

Y, por supuesto, pobre de aquel autor que adoptan si se atreve a escapar del selecto y exiguo grupo de espectadores tocados por el dedo de dios en el que se autoincluyen. Será patrimonio exclusivo de ellos mientras el díscolo éxito comercial de su última obra o al desaprensivo jurado del Festival cinematográfico de turno no se le ocurra premiarlo y democratizarlo. En tal caso, volverán a recurrir al canibalismo y repensar a la baja aquellas películas anteriores que tanto les deleitó: la traición tiene un alto precio porque no soportan, no consienten, no perdonan coqueteo alguno con el espectador mayoritario pues ello supone -no pocas veces con carácter retroactivo- la fatal perversión de su obra, su adocenamiento, su acomodación, su expropiación, su inadmisible consenso con ese público (¿acaso no apalean sin piedad las obras más consensuadas -empleando sus propios términos- de un autor que, tiempo atrás, fue hueso duro de roer para los paganos?). Olvidan la generosa cantidad de maestros y artesanos del cine que supieron dignificar y respetar al público, que intentaron por todos los medios darse a él, buscarlo sin renunciar a ellos mismos, mirándoles a los ojos, ofreciéndoles sus propuestas desde la honestidad, desde la inteligencia, desde la sensibilidad, desde la humildad, conscientes del valor y posibilidades que tenían quienes se situaban frente a una pantalla.

Surgida a raiz de las descargas en Internet, que ha permitido el acceso a obras, directores y cinematografías desconocidas, olvidadas, desapercibidas o poco o nada reivindicadas, y de su labor en foros, páginas y revistas físicas y digitales especializadas, hay que reconocer, sin embargo, que esta cinefilia caníbal resulta imprescindible en su incesante difusión del Séptimo Arte, una labor que vende bien cara porque, quizás, de aquí a un tiempo nos llevemos la sorpresa y comprobemos -una vez nos hayamos encariñado o entusiasmado con sus obras- que sus selectos miembros han efectuado una enmienda a la totalidad ninguneando y sepultando a sus hasta hace poco tiempo flamantes patrocinados a causa de su fatal claudicación y acceso al público pagano, viéndose obligados a admitir, para salvaguarda de la pureza incorruptible de su mirada, que se habían equivocado.