Río salvaje (Wild river, Elia Kazan, 1960)

“Río salvaje”, pero el discurrir de sus fotogramas, de su tono elegíaco, de la luz crepuscular de su fotografía, de su ritmo, del modélico guión de Paul Osborn consagrado a las imágenes antes que al texto, del suave lamento de la trompeta y la armónica que se escapa de las notas del compositor Kenyon Hopkins, y de las emociones subterráneas que brotan de su lirismo fluyen por aguas tranquilas, reposadas, sosegadas; aguas que desembocan en un mar que rebosa humanidad donde habitan la dignidad, la resistencia, la rebelión, la comprensión y la aceptación; aguas que reconcilian no sin dolor lo viejo y lo nuevo. Brochazos que resumen esta obra que Elia Kazan dirigió de forma prodigiosa, con profusión de planos panorámicos y generales, sin trampas sentimentales, sin subrayados dramáticos para marcar distancias con el espectador.

En la época del New Deal, se creó la Autoridad del Valle de Tennessee, más conocida como TVA, con el objeto de, a grandes rasgos, expropiar tierras de la ribera para controlar los trágicos efectos de las crecidas del río Tennessee, generar energía eléctrica mediante la construcción de presas y aliviar el desempleo. Ello implicaba evacuar a los habitantes de la zona y destruir sus viviendas. Una de estas propiedades es la pequeña isla perteneciente a la octogenaria Ella Garth, que muestra una frontal oposición a abandonar el lugar donde siempre ha vivido. Tras el fracaso de varios agentes de la Autoridad para convencerla, envían a Chuck Glover, dispuesto a doblegar su voluntad. Durante el desempeño de su cometido, surge su historia de amor con Carol, la nieta de aquélla.

Resulta francamente difícil escribir sobre “Río salvaje”, no solo porque se trata de una de las películas y directores favoritos de quien suscribe, sino porque lo esencial en ella, lo que la engrandece, lo que la eleva a la categoría de obra de arte, son los detalles, las sensaciones que transmite: los escasos habitantes de la isla que aparecen silenciosamente por primera vez, casi de forma fantasmal, entre la seca vegetación; una despedida de Chuck y Carol al amanecer, tras pasar su primera noche juntos, a lo lejos y entre las brumas que flotan sobre las aguas del río; la evocadora  imagen nocturna de una vaca y su posterior traslado en una barca tras la expropiación; la soledad de la anciana barriendo por última vez la entrada de su casa y aguardando en su butaca el momento de la notificación del desalojo con un pequeño maletín fundida, confundida, engarzada, formando parte inseparable de la fachada del viejo caserón de madera en un inolvidable y estático plano general; o la significativa y metafórica bandera estadounidense que ondea en una patrullera mientras al fondo arde la casa en la ya desolada isla, donde no queda un solo árbol en pie.

Si, por otra parte, algo impresiona de esta obra maestra son las interpretaciones del trío protagonista, que otorgan una dimensión escalofriante, profunda, sincera y humana a la incalculable riqueza de sus personajes. La de Jo Van Fleet, en su papel de Ella, es un verdadero monumento a la historia del cine (tenía en realidad cuarenta y seis años de edad en la época de filmación de la película): sus constantes miradas de reojo desafiantes y combativas para reafirmarse ante quienes intentan arrancarla de su casa, de su isla, de todo lo que ha sido su vida al fin y al cabo, llenan de expresividad el dolor, la conmoción interna y la lucha que ocultan sus silencios… pero cuando habla con la voz quebrada por el tiempo pero firme, no sin algunos tartamudeos y giros repetitivos, para justificarse, oponerse y defenderse, sus frases se clavan en el alma del espectador porque transmiten, trasladan la herida por la que sangra su pacífica rebelión. Estremecedores resultan hacia el final de la película sus torpes y pequeños pasos y su mirada -esta vez perdida, desubicada, extraviada, vencida- a todas partes cuando, tras la expropiación, la instalan en un lugar que no le pertenece, en una casa de color blanco prefabricada con todos los avances de la vida moderna y con un porche insustancial, triste intento de calco fallido y grotesco del original, pero que la llevarán inevitable y consecuentemente a cometer su último y sigiloso acto de rebeldía: dejarse morir antes que aceptar un mundo ajeno con el que no puede ni quiere identificarse.

Por lo que respecta a la pareja formada por el funcionario encarnado por Montgomery Clift y la nieta de la anciana, Lee Remick, llama la atención el enfoque tan peculiar que se otorga a una historia de amor que surge de forma espontánea pero, a la vez, por mutua necesidad. Es ella quien toma la iniciativa en todo momento, necesitada de satisfacer una sexualidad frustrada por su viudedad. Los diálogos que intercambian exudan de forma subliminal pero con desesperación deseo, pasión y amor (en ese orden), acompañados por imágenes de una delicadeza y sutileza poética admirables. En cuanto a la relación de ambos con Ella, la determinación inicial del funcionario para desalojarla da paso a una progresiva empatía con la mujer sin perder de vista lo inexorable de su misión, al tiempo que la nieta va siendo consciente de que no hay otra salida posible: el dinamismo y la lógica del presente se imponen a la quietud del pasado y aspira a romper con su reloj detenido y disfrutar de una vida distinta.

¿Lo viejo, lo nuevo? ¿Individualismo, interés general? ¿El poder de la naturaleza destructora, que no repara en lo viejo ni en lo nuevo, frente al poder modelador o destructor del progreso, que no respeta el pasado y acomete el presente y el futuro en base al bien común, sean cuales sean las consecuencias? “Río salvaje” comienza con un testimonio documental real que, de manera muy inteligente, hace las veces de prólogo en el que se relata cómo las aguas del Tennessee arrastran casas y sesgan numerosas vidas humanas, centrándose en el relato de un hombre que ha perdido a su familia. Concluye con el sacrificio y la muerte resignada de una anciana expulsada de su paraíso en pos de una colectividad. El director permanece en constante equidistancia frente a estas cuestiones, huye del alegato reaccionario y de la defensa del progreso, algo que hace evidente en el plano aéreo final, donde aparece el pequeño cementerio donde yace Ella como único lugar que se ha salvado de su isla, sumergida para siempre entre las aguas del río, y la enorme presa que la sucede. Se trata de una síntesis donde la Naturaleza concilia pasado y presente, pero también supone una pequeña y última victoria reivindicativa de la octogenaria, cuyos restos junto a los de quienes habitaron aquel sitio certifican que son Historia y que, de algún modo, incluso a su pesar, para bien o para mal, han contribuido a la evolución de los tiempos.

“Wild River” fue el cuarto título de los ocho que conforman la etapa de máximo esplendor creativo de Elia Kazan. Junto a él, el lirismo arrebatador de “Al Este del Edén” (1955), “Baby Doll” (1956), “Un rostro en la multitud” (1957) o “Esplendor en la hierba” (1962); la odisea familiar biográfica de “América, América” (1963) o los arriesgados funambulismos suicidas, esquizoides, paranoides que fueron “El compromiso” (1969) y “Los visitantes” (1972), conforman uno de los capítulos más apasionantes y lúcidos del cine norteamericano, un implacable y profundo retrato social y político de la historia moderna de Estados Unidos. Conviene tenerlo muy en cuenta, dado el olvido que sufre por parte de las nuevas generaciones de cinéfilos o, en el mejor de los casos, los intentos de minusvalorar por parte de aquéllos a un cineasta y una obra de semejante calibre.