W de Welles

No soy capaz de intuir, de atisbar, de sentir la más mínima chispa de cercanía, de emoción, de vida, en el cine de Orson Welles.

No intento, en modo alguno, ejercer de uno de esos iconoclastas que tanto han abundado siempre entre la crítica cinematográfica más intransigente, capaz de tumbar con un solo golpe de tinta la obra de un cineasta simplemente porque toca, porque es la moda, porque ahora conviene su sacrificio para aupar al nuevo genio o al feliz y sorprendente descubrimiento de turno. Simplemente ocurre que, en mi opinión, el cine de Welles es un cine sin sentimientos.

Como espectador, como cinéfilo, me ahogo suplicándole un oasis de ternura, una caricia. Sus imágenes no se situan frente a mí sino por encima de mí: no me dejan tocarlas, sentirlas, vivirlas, porque cada fotograma reivindica su prepotencia, su supremacía, su genialidad y nada entienden de humildad ni del descenso a la tierra donde descansan mis pies.

Su cine me parece terriblemente antipático, arisco, desolador, frío, gélido, pero a diferencia de otros muchos directores que también fundaron sus obras sobre un témpano de hielo, no alberga en su interior un volcán que conecte con lo humano y se reconcilie con él. No hay consuelo emocional donde refugiarse: no conoce ni sabe -lo recalco- de sentimientos. Ni le importan. Es autor de un cine egoísta, ególatra, egomaníaco: es él, él, él y después él, autoconsciente en todo momento de un poderío donde los grandes temas y grandes autores que le sirvieron de inspiración no son más que meros pretextos para poner en marcha su artillería pirotécnica. Es como un monstruo de Frankenstein sin corazón, sin vísceras, sin alma.

W de Welles. Necesitaba expresar mi vivencia del cine de Welles, liberarme de él, sepultarlo bajo toneladas de películas e infinidad de autores que le antepongo en todos los aspectos y sentidos imaginables. Borges escribía sobre Ciudadano Kane: “Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente: es genial en el sentido más nocturno y más alemán de tan mala palabra”. Con las excepciones no demasiado entusiastas de Cuarto mandamiento, Othello, Mr. Arkadin, Una historia inmortal y ciertos momentos de Sed de mal, extendería tal apreciación, sin la menor compasión, a gran parte de su obra.