Llegar a más (Jesús Fernández Santos, 1963)

Considerado uno de los grandes novelistas de la Generación de los cincuenta, Jesús Fernández Santos se diplomó en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC) por la especialidad de Realización. Obtuvo gran prestigio en el género documental (“El corazón de una ciudad”, “La víspera de nuestro tiempo”, “La larga noche del hombre”, diversos capítulos de series como “Los libros”, “Conozca usted España” o “Cuentos y leyendas”), llegando a rodar más de cien. Colaboró, además, como crítico en el diario El País entre los años 1978 y 1980. Su único largometraje de ficción fue “Llegar a más”, cuyo guión firmó en solitario.

Como tantos jóvenes de clase media-baja en la España de principios de los sesenta, Daniel sueña con llegar a más, pero su meta -al igual que la de un nada despreciable número de aquéllos- no reside en un país que, además de una dictadura que amputa derechos y libertades entre otras muchas cosas, no ofrece perspectivas de futuro personales, sociales y laborales. Empleado en un taller de la Renault como limpiacoches, Madrid se le hace pequeña e irrespirable. Desea un trabajo indeterminado, quizás en una fábrica, en Alemania o en algún otro lugar del exterior, más digno, ambicioso, reconocido y bien pagado; comprarse un coche; escapar de un entorno que lo ningunea y fiscaliza constantemente, como hace también su autoritario y asfixiante padre, dueño de un taxi del que espera viva su hijo cuando se jubile; o encontrar alternativas a la monotonía de pasar con los amigos y su chica una tarde o noche en el cine, unas partidas en la bolera, ver un partido de fútbol, asistir a algún triste baile o, como mucho, realizar una excursión extraordinaria bajo la excusa cultural por los alrededores. Todo ello hace de él una persona tanto más amargada y frustrada cuanto más quiere que sus aspiraciones de progresar se hagan realidad de forma inmediata.

Despedido injustamente cuando, al llevar un flamante coche recién lavado hasta el mismo garaje de la casa de una familia acomodada, el hijo del dueño le pide que le arregle en ese instante su Seiscientos e incumple su promesa de llamar al jefe del taller para dar cuenta de ello y evitarle una amonestación, Daniel ve más cercana que nunca la oportunidad de emigrar, coincidiendo además con la ilusionada marcha de uno de sus amigos a Alemania… pero la gris realidad y un profundo desconsuelo que acaba derivando en una errática forma de proceder se convierten en un obstáculo insalvable: desiste, en un primer intento, de tomar un tren y huir aprovechando una excursión a El Escorial; se casa con su novia Amparo para ahorrar el dinero suficiente entre su trabajo como taxista nocturno y el de ella como camarera; espera a que el padre del niño bien por el que lo despidieron le ofrezca algún día como compensación un trabajo y rechaza el que le propone como ordenanza porque él aspira a más; y, finalmente, intenta ganar dinero rápido y fácil trapicheando con el whisky escocés sustraído de un almacén extranjero.

Ni siquiera cuando va por lo legal al Instituto de Emigración, aconsejado por su mujer, tiene suerte: “Emigrante: en un contrato de trabajo está tu pasaporte”, es el eslogan que preside la gran sala donde, dispuestas en una enorme cola, las personas pueden escoger esperanzadas y según la cualificación de su carta de empresa hasta tres países a los que marcharse, triste paradoja de una España que se vendía como Grande pero que condenaba al exilio a muchos de sus súbditos como única forma de prosperar y, de paso, ayudar con sus ahorros a los familiares que se quedaban aquí. Daniel, sin carta de empresa y, por tanto, sin cualificación, se somete a un reconocimiento médico realizado con frialdad por un doctor alemán que emitirá un informe negativo sustentado en una inofensiva mancha pulmonar.

Rodada con suma sencillez, interpretada por actores irrepetibles de la categoría de Maria José Alfonso, Maria Luisa Ponte, Félix Dafauce, Antonio Ferrandis o José Orjas (discutible es, sin embargo, la elección del hierático e inexpresivo protagonista, Manuel San Francisco), salpicada por momentos de gran contundencia (como las fantásticas imágenes nocturnas de Madrid mientras el locutor de una emisora de radio dedica unas palabras a los trabajadores españoles emigrados y a aquellos que están a punto de abandonar la provincia justo cuando comienza la primavera), y adoptando un enfoque realista deliberadamente seco y desdramatizado (a lo que contribuye la estupenda música de Miguel Asins Arbó), los fotogramas de “Llegar a más” encaran el duro, pesimista y desolador retrato social de Fernández Santos con honestidad y sinceridad, sin trampas, moralinas ni tonos engolados, moviéndose con habilidad por terrenos que habrían podido ser pasto de las tijeras de la censura franquista. Amarga crónica del desarraigo, se trata de una película pequeña, modesta y maldita, muy poco conocida, que constituye todo un documento sobre el éxodo de muchos españoles a otros lugares para poder prosperar porque su propio país castraba esa posibilidad, donde su director nos pasea por el Madrid desértico y mortecino del extrarradio que contrasta con la vida que palpita en sus calles más céntricas, en las que transita y disfruta “la gente que sabe lo que es vivir”, en palabras del protagonista; por los comedores y dormitorios casi idénticos e intercambiables de las viviendas pertenecientes a las familias humildes (como siempre, encomiable trabajo de Sigfrido Burmann); y en definitiva, por un catálogo de personajes reconocibles, reales, de carne y hueso, que nos sitúan en la España de principios de los sesenta, donde el status social de cada cual era parcelado -como en los contratos de trabajo- en categorías difícilmente franqueables de primera, segunda o tercera y los más deprimidos debían conformarse con subsistir estigmatizados de acuerdo con ellas o intentar sortear las trabas personales y ajenas que les impedían llegar a más.

En el caso de Daniel, es la desesperación la que aborta sus pretensiones: convencido por el dueño de un tugurio de que, a falta de otras opciones o de algo tan español como es una buena recomendación, el mejor contrato para emigrar es el dinero, el protagonista coge su pasaporte y concluye su odisea robando el que encuentra en la caja registradora del almacén, pero es sorprendido por la policía. Camino a las dependencias policiales, en plena noche, contempla a un lado y a otro de la calle aquello a lo que aspiraba como algo que definitivamente se ha esfumado, como lo que pudo ser y no ha sido, como lo que Madrid y, en definitiva, su país, ofrece a los privilegiados que no tienen necesidad de marcharse en busca de otros horizontes: una agencia de viajes, los concesionarios que podrían albergar uno de los coches que quería comprar, los transeúntes con una posición digna que viven su vida en restaurantes, teatros, cines y tiendas. Sueños, proyectos, aspiraciones que se desvanecen. Daniel emigra por fin, pero a la cárcel.