Los culpables (Josep María Forn, 1962)

Josep María Forn fue un combativo director y guionista catalán que padeció no pocos problemas durante el franquismo (“Tura”, sobre la Guerra Civil, fue un proyecto prohibido por la censura, y “La respuesta”, sobre las protestas estudiantiles, no se estrenó hasta 1975, seis años después de su filmación). Autor de un buen número de cortometrajes, es conocido sobre todo por la excepcional “La piel quemada” (1966), obra sin concesiones sobre la inmigración en la Cataluña de los sesenta, pero también por ser el productor de películas como “Ocaña, retrato intermitente” (“Ocaña, retrat intermitent”, Ventura Pons, 1978) o “Cuerpo en el bosque” (“Un cos al bosc”, Joaquim Jordà, 1996). “Los culpables” pertenece a la primera etapa de su carrera, donde alternó trabajos personales con otros de encargo.

La esposa de un maduro empresario al borde de la quiebra y un joven médico llevan tiempo viéndose a escondidas en la habitación que la dueña de una mercería les alquila. Al menos eso creen ellos… porque un buen día el hombre se presenta en la consulta para, una vez descubiertos, proponerles un retorcido trato: ambos le ayudarán a fingir su propia muerte, el doctor firmará el certificado de defunción y le enviarán a Suiza los cinco millones de pesetas de su propio seguro de vida para empezar allí desde cero. A cambio, los amantes tendrán vía libre para casarse. Sin embargo, en la trastienda de este rocambolesco plan nada es lo que parece.

Basada en una pieza teatral de Jaime Salom, en la que haciendo honor a su título, ya sea por ambición, por amor, por cobardía o por venganza, los tres vértices del triángulo amoroso son culpables recíprocos de sus complicidades, sospechas, engaños y traiciones, la sólida dirección de Josep María Forn -sin dejar de transitar siempre por la senda del clasicismo- logra que no decaiga el interés ni la tensión durante los apenas ochenta y cinco minutos de duración de esta obra resuelta con mucha dignidad: junto a la estupenda ambientación en una comarca catalana siempre gris, áspera, ventosa y lluviosa, es la fluidez con que se desenvuelve su engranaje donde radica el mayor logro de la película… aunque, a su vez, es también la obsesiva prioridad otorgada a que el mecanismo de la implacable progresión del suspense no haga aguas en ningún momento la causa de que florezcan sus grandes peros. De la mezcla de ingredientes con los que jugaba su director podría haber resultado una oscura historia a medio camino entre el arrebato pasional de Hitchcock y el retrato ácido de la vida de provincias de Chabrol (el de la alta burguesía catalana en el caso de “Los culpables”, realizado de manera muy tangencial y anecdótica), pero el resultado final se queda solamente en un casi invisible amago subterráneo.

En efecto, no hay chispa alguna en las frustrantes interconexiones del trío protagonista, no por inexistentes (que también), sino sobre todo por una tan bella como gélida e insulsa Susana Campos en el papel de esposa para empezar y el médico encarnado por un irritante e inexpresivo Yves Massard para seguir: uno y otro, sin química alguna, lo más que aciertan es a intercambiar a lo largo del metraje sucesivas miradas plenas de duda y desconfianza entre sí. Como amantes, sobre el papel y en imágenes, son dos zombis incapaces de elevar el tono dramático e insuflar vida y algo de ardor en su relación. No puede decirse lo mismo, sin embargo, del estupendo Tomás Blanco como marido arrastrado por una vorágine que, en un primer momento, le beneficia a su pesar aunque finalmente se revela como la causa de todos sus males, convirtiéndolo en víctima propiciatoria. Del mismo modo, Félix Fernández, uno de los grandes actores de la época clásica del cine español, está soberbio en su rol de comisario pero nada nuevo aporta un personaje como el suyo, tan estandarizado, tan de manual en sus preguntas y ocurrentes deducciones: un típico sabio perro viejo. Precisamente, los diálogos no logran disimular en más de un momento su origen teatral y, para rematar (seguramente debido a la espada de Damocles de la censura franquista), la película acaba con una postiza conclusión moral en off de la protagonista que sesga de un tajo la ambigüedad que recorre esta obra de culpables cínicos.

Pese a todo lo anterior, resulta innegable la solvencia y honestidad del trabajo de Forn: si el espectador logra abandonarse a la intriga planteada sin más pretensiones (lamentablemente, como ha quedado claro, no es el caso del que suscribe), el tiempo invertido en descubrir, ver y disfrutar esta película merece la pena. Es casi una obligación airear ese otro cine español sepultado en el olvido, en el desconocimiento o en los tópicos que nunca le hicieron ningún bien.