Arrástrame al infierno (Dram me to Hell, Sam Raimi, 2009)

¿Qué ocurriría si la joven agente comercial de un banco luchara por un ascenso y, en base al mismo, antepusiera sus intereses personales (y los de su entidad bancaria) a un mínimo rastro de humanidad a la hora de retrasar el pago de la última letra de una vieja hipoteca por problemas de solvencia económica de un cliente, abocándolo a la perdida de su propiedad? Esta es la cuestión que plantea Sam Raimi en “Arrástrame al infierno” que, como antaño en el cine estadounidense, utiliza el género fantástico para plantear problemáticas político-sociales que, lamentablemente en este caso, afectan a buena parte del mundo debido a la crisis financiera que acompaña la andadura del -antaño- ansiado siglo XXI y persiste sin posibilidad de una solución justa en relación a sus siniestros efectos.

La víctima del banco, una -en apariencia- inofensiva anciana maravillosamente caracterizada para la ocasión (un peculiar ojo tuerto y una inenarrable dentadura postiza), resulta ser una bruja cuyo poder para maldecir recae lógicamente sobre la trepa, que dispone de tres días para no ser arrastrada literalmente al infierno. Con el fin de evitar ese destino, recurre a un vidente (extraordinario personaje lleno de matices que hace las veces de amuleto de la chica) y finalmente a una médium que posee la facultad para deshacer el maleficio.

Raimi, que firma el guión junto a su hermano Ivan, se reconcilia felizmente con su mejor cine para dar lugar a una obra de terror gamberro gozosamente provocadora e hilarante (tal y como demostró en la imprescindible “Posesión infernal”), donde el conjunto resulta brillante y redondo y en el que los entrañables decorados se integran de tal forma en la historia que se convierten también en sus protagonistas (el frío, neutro e impersonal banco; el lúgubre aparcamiento subterráneo donde la bruja protagoniza un antológico enfrentamiento con la chica; la vivienda de ésta, por cuyos rincones y paredes se deslizan inquietantes sombras y fenómenos paranormales; el establecimiento kitsch del adivino; el enorme salón bañado por la luz ocre de las velas donde tiene lugar la preciosa y clásica sesión de espiritismo, presidida por una cabra como pieza clave para poner fin a la maldición; o el cementerio barroco donde a contrarreloj, en una noche lluviosa, la protagonista intenta a la desesperada, en una última y decisiva oportunidad, salvar su vida).  Del mismo modo, el director no renuncia a su habitual y reconocible dosis de casquería que, lejos de rechinar o resultar gratuita, provoca en el espectador algunos de los momentos más cómicos de la película: sus muppets no solo se encargan de estar a su servicio sino que recuerdan en cierto modo a los de su ópera prima.

Tal es la elegancia que, a todos los niveles, demuestra Sam Raimi que evita en todo momento el recurso al susto fácil, al impacto gratuito, a la utilización de efectos especiales que sacrifican o desdibujan la trama, recurriendo a los ingredientes más comunes del género de forma ingeniosa y a la vez respetuosa, otorgándoles una dimensión vivificadora siempre en la esfera de su universo personal.

Cuando el espectador termina de ver esta soberbia película experimenta la sensación de desear que, efectivamente, la banca, los inversores, los especuladores, esos entes invisibles que se denominan mercados y conciben el mundo con cifras que sustituyen a las personas e incluso a los gobiernos, sean arrastrados sin remisión y merecidamente al infierno. De alguna manera, además de quedar para la posteridad como un verdadero testimonio de una época, es un sueño liberador del que nos hace partícipes su director: algo es algo.