Una vida de mujer (Une histoire simple, Claude Sautet, 1978)

Los títulos de crédito de “Una vida de mujer” comienzan sobre un fondo azul que, conforme avanzan, se va difuminando lentamente hasta convertirse en el primer plano de la película: una ventana al exterior con una de sus hojas abierta. Esta es la forma que tiene Claude Sautet, extraordinario cineasta que mereció más y mejor reconocimiento tanto en vida como tras su muerte, de hacernos llegar a un retazo vital, a una pequeña parte de la historia simple de Marie, su protagonista, pero también directa o indirectamente de las personas que la rodean (ex-amantes, amigos, amigas, compañeros y compañeras de trabajo, su hijo, su madre).

No hay nada peor en una relación amorosa que echar de menos a la otra parte cuando se está junto a ella físicamente. Eso es lo que, a sus treinta y nueve años de edad, le ocurre a Marie con Serge, su amante. Por ese motivo, decide poner un punto y final. Pero a Marie se le abren otros frentes: su hijo adolescente empieza a vivir su vida cada vez con mayor independencia, y en su trabajo comparte la preocupación colectiva por la política de traslados y duros reajustes de plantilla y salarios que está llevando a cabo la empresa. Uno de los nuevos directivos que han nombrado es Georges, su ex marido y padre de su hijo, con quien inicia una aventura a escondidas de la joven pareja de aquél. Demasiados cambios e incertidumbres en un instante determinante de su existencia que sobrelleva con entereza gracias, entre otras cosas, a la estrecha unión que mantiene con algunos de sus colegas, entre los que se encuentra el maduro matrimonio formado por Jérôme y Gabrielle, dos amigos íntimos que tampoco pasan por un buen momento.

La película comienza con el aborto de Marie como consecuencia de una crisis personal, de un vacío, de una ruptura con Serge, deshaciéndose del feto de la misma forma en que se deshace de esa historia de amor, y concluye con un nuevo embarazo como vía de escape a esa crisis que ya afecta a varias parcelas de su vida, como forma de atisbar un cambio, un giro en el que aún no hay lugar para una relación sentimental -Georges se va sin que sepa, por decisión de Marie, que el hijo que espera es suyo- pero sí el inicio de una nueva etapa vital a la que pueda aferrarse o, como ella misma afirma, para que al menos sea su bebé quien se aferre a ella (“Quizás no fuera lo bastante tuya con mi trabajo, mi hijo, mi vida”, le escribe a Serge cuando lo deja). Se trata, en todo caso, de abrir puertas y no cerrarlas drásticamente como su buen amigo Jérôme quien en el último tramo de su periplo laboral, bajo la amenaza de ser degradado en su trabajo o directamente despedido, se encierra en sí mismo, sin alicientes ni alternativas, incapaz de buscar refugio en amistades o en un matrimonio donde, como en tantos, hubo más amor que placer y, por supuesto, infidelidades mutuas, optando finalmente por el suicidio. Muy preocupada por él, intuyendo desde el principio esa espiral de punto sin retorno que lo acechaba, ve en la crisis de Jérôme el reflejo de la suya propia, pero también los senderos que debe desechar y la posibilidad de dar un nuevo rumbo a su vida de mujer.

El grupo humano que observa Sautet no es ajeno a las aventuras y triángulos amorosos, las ideas y venidas sentimentales, las rupturas como consecuencia de -en palabras de la protagonista- traicionar el hecho de amar a la gente tal y como es y no como debe ser, y, por supuesto, a un marco social que les influye (en este caso, el del contexto de una crisis económica). Cuanto más cohesionado está ese grupo, a pesar de los conflictos de diferente naturaleza que puedan tener lugar dentro del mismo, más posibilidades tienen sus miembros de salir a flote. Es, precisamente, en los momentos de soledad cuando Marie flaquea, y es el aislamiento voluntario de Jérôme, su ensimismamiento, uno de los motivos que lo conducen a su dramático final. El miedo a la soledad es lo que empuja a los personajes del director francés a buscar nuevas posibilidades en los otros.

Como siempre ocurre en el cine de Sautet, su dirección y fotografía se caracterizan por la sobriedad, optando por la autenticidad pero rehuyendo el enfoque realista: no necesita alardes técnicos ni complejidades narrativas innecesarias (para eso ya están las relaciones humanas que presentan sus películas). Se deleita en la utilización de los espejos, que desdoblan a Romy Schneider en diferentes momentos anímicos, y se recrea a la hora de filmar a los personajes desde fuera, a través de cristaleras que, de forma difusa, casi abstracta, captan el reflejo, la instantánea de la vida que fluye en ese exterior (viandantes, árboles, coches) y la sobreimpresiona sobre aquéllos. Parece como si, además de hacer notar que esa vida anónima, desdibujada, está repleta de historias simples como la que él nos muestra, la volutad de Sautet fuera la de convertirse también en un espectador más pero, a su vez, haciendo notar que la suya no es una mirada en modo alguno aséptica, sino basada en un enfoque muy personal caracterizado por una extraña e intensa pasión interna que se manifiesta en su forma de filmar a los actores bien de forma individidual, en pareja o en grupo, interconectando sus conflictos vitales con el espacio en que tienen lugar, ya sea en la intimidad de su hogar o en las relaciones sociales que establecen en el trabajo, en una cafetería o en una reunión de amigos en una casa de campo. La bellísima música de Philippe Sarde cumple una función parecida: pespunta las imágenes discretamente sin enfatizarlas, tanto en momentos esenciales como en los más anecdóticos. Parece marcar el propio ritmo del relato.

Y, por supuesto, Romy Schneider: “Una vida de mujer” supuso la quinta y última participación como protagonista en una película de Claude Sautet, regalando para la posteridad la naturalidad con que desplegaba su capacidad expresiva, cualidad habitual en ella pero mucho más patente cuando se ponía al servicio del cineasta: la actriz se esconde y de su Marie florece Romy, sus gestos y sus miradas intensas, profundas, penetrantes, que ponen voz y psicología a sus silencios, a sus introspecciones, a sus sentimientos, a sus destellos de felicidad y a sus aflicciones (¡esos ojos que progresivamente se inundan en lágrimas que no logran escaparse de ellos!).

Sautet detiene su observación en la preciosa escena final, con Marie tomando el sol, mirando hacia ninguna parte, pensativa, y luego cerrando los ojos mientras acaricia su vientre. El azar, los caprichos, las satisfacciones, los obstáculos, la cotidianidad, las cosas de la vida, en definitiva, harán el resto… pero todo eso ya no interesa a un cineasta que nunca fue amigo de lecciones, de conclusiones ni de desenlaces rotundos: su tren llegó en un determinado momento de la existencia de esta mujer, se detuvo a contemplarlo durante un tiempo y parte ahora, cuando todo está por acontecer.

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