Viaje alucinado al inframundo: tres películas de Dwain Esper

Autoproclamado rey de los gitanos del celuloide, propietario de un pequeño estudio cinematográfico en Los Angeles y pionero del cine exploitation, Dwain Esper se hizo feriante para escapar de las restricciones de la censura y de los círculos comerciales y poder exhibir de este modo, bajo una excusa documentalista y moralizante, sus películas de temáticas polémicas y escabrosas (drogas, sexo, casos clínicos…), aptas solo para adultos, bajo una carpa, local o teatro alquilado. No estaba solo en esta empresa: su mujer, Hildegarde Stadie, fue la rebuscada creadora y guionista de sus historias, quien ya despuntaba desde su preadolescencia, cuando aparecía desnuda con una pitón sobre sus hombros para ayudar a presentar a su tío, un vendedor ambulante, sus medicamentos.

“Narcotic” (1933) está inspirada precisamente en el tío de Hildegarde, aunque de manera muy libre. Comienza con un rótulo que advierte al espectador sobre la naturaleza de sus intenciones, erigiéndose nada menos que en testimonio universal para tomar conciencia de la lucha contra el terrible problema de la adicción a las drogas. Para ello, se sirve del ascenso celestial y caída en los infiernos de William G. Davies, uno de los más brillantes estudiantes de Medicina en su época y convertido con el paso de los años en un doctor llamado a figurar en las páginas de la Historia gracias a su abnegada e incansable labor en su clínica gratuita.

Pero Gee Wu, extravagante sabio chino al que conoce desde su etapa universitaria, parlanchín de sentencias profundas y solemnes que no vienen al caso (La duda es el tambor del miedo) y fumador de opio, costumbre que según su particular visión los orientales hacen por diversión y los occidentales por vicio, reaparece en su vida cuando su agotadora dedicación a la profesión le causa problemas de sueño. La solución que le ofrece lógicamente es una cura de descanso en un fumadero de opio. Y como William es occidental, acaba convirtiendo la terapia en un vicio que costea con el dinero ganado en ferias ambulantes gracias a su “Grasa de Tigre”, un supuesto curalotodo. Tras su paso por un centro de desintoxicación, vuelve a recaer cuando necesitan suministrarle morfina tras un accidente… hasta que, convertido en un despojo humano, pone fin a su vida suicidándose.

La película, muy primitiva, torpe y farragosa en cuanto a su lenguaje expresivo (llama la atención algún pictórico plano cenital aislado, ciertos juegos de sombras tras los cristales, desenfoques bruscos o superposiciones de imágenes como las del rápido reflejo de los episodios de la vida del protagonista sobre un cielo estrellado antes de morir), y repleta de saltos abruptos en el desarrollo de la historia que afectan a su coherencia pero que, a su vez y paradójicamente, contribuyen de forma eficaz y positiva al tono tremendista, hiperbólico y demente de su parábola, es un flash-back a partir de la nota que el médico envía al propio director de la película antes de quitarse la vida, lo cual hace más descacharrante a “Narcotic”, puesto que con esta treta Dwain Esper distrae de su fin último de mostrar temas e imágenes osadas, polémicas o prohibidas para erigirse en formidable educador dispuesto a librarnos de nuestro desconocimiento (“La mejor amiga de la drogadicción es la ignorancia y su peor enemiga la educación” afirma Gee Wu, personaje ridículo hasta lo grotesco tanto en su caracterización -el terrible actor que lo encarna es norteamericano- como en su descacharrante empeño por declamar casi de un modo shakesperiano, en el inglés torpe y forzado que utilizaría un chino que no domina bien ese idioma, sus frases rimbombantes y pedantes). Por otra parte, además de la ambientación sórdida y de los decorados simples y teatrales, Esper utiliza material fílmico ajeno en diversos momentos y da rienda suelta a su gusto por la casquería mostrando diversos accidentes de coche a cámara rápida o imágenes reales de una cesárea practicada a una moribunda.

Junto al melodramático lamento final del doctor William antes de suicidarse, merece mención aparte un impagable episodio que interrumpe la acción a mitad de la película para exhibir con vocación didáctica y oscurantista una fiesta de la droga, “vista por muy poca gente” según el rótulo explicativo, donde se manifiesta el comportamiento supuestamente degenerado, extraño y repugnante de quienes asisten a ella, con el protagonista y sus acompañantes reunidos en torno a una mesa convertida en buffet libre que les permite disfrutar de un festín con todo tipo de estupefacientes y combinarlos al gusto, provocándoles efectos secundarios tan espantosos como una sucesión de risas tontas y automáticas, bailes posesos o un rosario de chistes a cada cual más malo. Todo tan pueril, falso y descabellado que solo por este momento valdría la pena adentrarse en la odisea de una película en la que varias veces nos advierten que, en relación a la adicción a los narcóticos, “puedes sacártelos del cuerpo, pero no podrás quitártelos de la cabeza”, advertencia que, sin duda, habría que trasladar a quienes se recomiende este entrañable artefacto arqueológico.

“Maniac” (1934) es, por derecho propio, la obra más famosa de Esper. En pleno siglo XXI, y a pesar de tratarse de una mala película, conserva su poder revulsivo, enfermizo y sorprendente: la insensatez, vileza e inmundicia de su historia, basada en reminiscencias de “El gato negro” de Poe, Frankenstein y los relatos tempranos sobre muertos vivientes, la justifican y logran que se mantenga viva.

El doctor Meirschultz aplica con éxito en el cuerpo de una mujer que se ha suicidado su gran descubrimiento: una fórmula para resucitar a los muertos. Don Maxwell, un vulgar cómico imitador y prófugo de la justicia al que el doctor rescató de la miseria, es su ayudante. Su carácter asustadizo le impide conseguir más cadáveres para los fines de Meirschultz quien, fuera de sí, le propone que se mate de un disparo para seguir experimentando y devolverlo a la vida, pero Maxwell emplea el arma contra el doctor, a quien suplantará en adelante gracias a una perfecta caracterización, aflorando desde ese momento su personalidad maníaca, que lo impulsa a eliminar a todo aquel en cuyo rostro cree ver un brillo maligno. Esta es la increíble línea argumental de “Maniac”, que no ofrecería mayor interés si no estuviera adornada por el nada despreciable catálogo de sutilezas que el matrimonio Esper-Stadie reserva para el espectador.

Además de la famosa secuencia donde Maxwell -que odia a los gatos- le saca un ojo al de Meirschultz y se lo come como si tal cosa, destaca también el momento disparatado en que inyecta superadrenalina a un loco que se cree un orangután y le provoca una reacción que describe a su vez mediante un monólogo sobreactuado y delirante, tras el cual secuestra a la suicida resucitada y la viola en mitad del campo entre alaridos. Junto a ello, lo más interesante de esta película es la atmósfera malsana que el ínfimo presupuesto reservó a unos decorados y localizaciones con tal grado de cutrez que llegan a resultar verdaderamente fantasmagóricos, como la lúgubre y sórdida morgue donde se respira pura necrofilia y conviven ratas y ratones perseguidos por gatos que no solo se pelean entre ellos sino que llegan a enfrentarse incluso a perros, o el inenarrable sótano del laboratorio del doctor, que parece surgido de los vestigios de un desastre nuclear, oscuro, tenebroso, con el suelo lleno de tierra y restos de cajas, tablones de maderas, ladrillos y otros materiales, lugar en el que sucede uno de los episodios más impagables de “Maniac”: una pelea protagonizada por la novia de Maxwell y la mujer del hombre-orangután, pelea que comienza con un duelo de jeringuillas para acabar de forma realmente violenta y frenética a base de desgarros de ropa, palazos y macetazos en la cabeza.

Por otra parte, y como marca habitual de la casa, Esper recurre a imágenes sobreimpresas de demonios y manos hechiceras procedentes de películas mudas (“Häxan” parece haber sido una de las damnificadas) para subrayar los brotes dementes del protagonista, a la vez que adereza el festín con una dosis de erotismo introduciendo dos secuencias de desnudos femeninos y una insólita reunión de ninfómanas en un hotel ligeras de ropa.

A pesar de que entrar en detalles sobre la inconsistencia y numerosas fallas e incoherencias de un producto de esta naturaleza -no hablemos ya de las interpretaciones de los actores, verdaderamente patéticas e incluso anacrónicas si se comparan con las de la época- resulta una tarea inútil porque, en realidad, forman parte indispensable de su atractivo y no fue concebida para trascender un análisis que escapase de sus propias vísceras, en contra de “Maniac” sí que habría que resaltar los numerosos carteles explicativos en torno a diferentes enfermedades mentales que, con un tono didáctico y moralista para burlar a la censura (El miedo y los malos pensamientos conducen a la demencia y al crimen), interrumpen bruscamente la acción sin que nada tengan que ver con las imágenes que los anteceden o suceden y, por supuesto, sin solvencia científica actual alguna.

“Marihuana” (1936) fue rodada tres años después de “Narcotic” y, como ocurre en aquélla, Dwain Esper reserva para los rótulos del prólogo la justificación sensacionalista y ejemplarizante, donde nos informa sobre la correlación entre drogas y delincuencia juvenil así como de la crueldad extrema y la inmoralidad que provoca en el consumidor, pero en esta ocasión prefiere rebajar el tono, los desbarres y leit-motivs machacones para centrarse de forma más concienzuda y cuidada en la vertiente melodramática de la historia, sostenida no obstante sobre un armazón muy frágil y esquemático.

Burma, una cándida estudiante de buena familia, comete la imprudencia de aceptar junto a su novio y un nutrido grupo de jóvenes que se divierten en un local de baile y copas la invitación de un desconocido, el traficante Nicki Romero, para asistir a una fiesta nocturna en su casa de la playa. Los cigarrillos de la risa que cuela inadvertidamente para iniciarlos en el consumo de marihuana y acrecentar de paso su negocio provoca un descoque generalizado que finaliza no solo cuando una de las muchachas se ahoga mientras se da un eufórico baño en el mar sino también con el embarazo de la protagonista.

Esta primera parte de la película, donde Dwain Esper despliega su habitual artillería con bastante menor efectismo, garra y ganas de epatar que en otras obras, reduciéndola a una serie de aburridos planos y sobreimpresiones que muestran de forma tan ingenua como exagerada la degradación que provoca el alcohol y las drogas en las personas, tocamientos y besos apasionados y desnudos integrales femeninos, es infinitamente menos interesante que la segunda, en la que aflora el folletín: Burma pasa a ser la despiadada Blondie cuando, tras la muerte de su novio por disparos de la policía mientras participa en el desembarco de un alijo de marihuana (Esper, a pesar de lo inverosímil que resulta el hecho de que se haga a plena luz del día, resuelve toda la secuencia con inusitada solvencia y realismo en las inmediaciones del puerto, siendo probablemente lo mejor que ha rodado) y entregar en adopción a su criatura en el momento de nacer, se pone al servicio de Nicki Romero convirtiéndose en la reina del comercio de droga a pequeña escala (nuevamente, Esper muestra signos de inteligencia al visualizar este ascenso con gran efectividad y economía expresiva, superponiendo la imagen de unas manos cada vez más enjoyadas de Burma que intercambian dosis y más dosis por dinero sobre desgarradores titulares de prensa en torno a sucesos relacionados con la droga y efectos sonoros de fondo que incluyen sirenas de la policía, disparos, balbuceos y golpes de tos). Esta transformación radical de Burma obedece, en realidad, a su sed de venganza contra su hermana, que junto a su madre siempre la relegó a un segundo plano al considerarla un obstáculo que podría estropear su boda con un potentado. Sin saber que fue ella quien adoptó a su hija, en un nuevo giro del argumento en menos de media hora de metraje, secuestra a la pequeña para pedirle un importante rescate, pero cuando descubre la verdad se suicida inyectándose una sobredosis.

Junto a sus escasos hallazgos expresivos, insólitos en un director tan torpe y descuidado (sorprende la pésima iluminación de las secuencias nocturnas), y a una mayor y correcta utilización de los exteriores, “Marihuana” funciona infinitamente mejor y divierte más como melodrama apresurado, a pesar de sus tópicos y lo previsible de su desarrollo, que como una obra típica de su autor.

Ninguna de las tres películas anteriores rebasan la hora de duración y su estado de conservación es bastante lamentable: probablemente, faltan incluso algunas escenas (sobre todo a las dos primeras), pero constituyen una muestra de cine demente que hacen de ellas una golosina que actúa en el espectador como el efecto de esos narcóticos tan peligrosos que denunciaba el inefable matrimonio Esper-Stadie.

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